(Ilustración: Giovanni Tazza)
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Patricia del Río

Periodista

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El 2021 nos ha pillado a todos cruzando los dedos para que el virus regrese leve, para que la realidad nos deje respirar. Difícil conjugar tantos deseos en medio de la violencia que se ha vivido en nuestras carreteras y la desconcertante sensación de que somos un país que va a la deriva. Parecemos un grupo humano que ya no encuentra mucho en común con su prójimo y que deambula tratando de reclamar por sus derechos sin importarle si afecta los de los de otros. Y no solo nos referimos al manifestante que bloquea una vía y le malogra el negocio a un comerciante de papayas. Sino también al agroexportador que no escucha las demandas de sus trabajadores, al policía que saca el arma contra civiles, al civil que voltea y quema una ambulancia.

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Los peruanos han pasado de los aplausos en los balcones, a una de indiferencia con forma de mascarilla que tapa la boca y deja la nariz al aire. Están hartos de abrir y cerrar negocios, de quedarse varados a la mitad de los viajes, de correrse de la autoridad que les quita la poca mercadería que consiguieron para vender en la esquina.

Hay una fatiga pandémica, que se ha hecho más evidente las últimas semanas y que responde a factores específicos. Los ciudadanos se cansaron de que todas las medidas tomadas terminaran en uno de los fracasos más bochornosos del manejo de la pandemia a nivel mundial. Es verdad que no se puede culpar al gobierno anterior de todo. La situación era compleja y en un país con altos índices de informalidad muchas decisiones estuvieron sujetas a variables inmanejables. Pero lo que sí debemos reclamarles a los encargados de que los peruanos no sufrieran, es el egoísmo con el que se manejaron cuando debieron concentrar sus energías en satisfacer necesidades impostergables. La corrupción en las compras de desinfectantes y mascarillas, la dejadez en el reparto de canastas, el maltrato al personal de salud al que no se le daban los implementos de bioseguridad o la falta de oxígeno medicinal no eran tareas que demandaran enormes desafíos logísticos, requerían compromiso, orden, pensar en el prójimo antes que en la popularidad o en el bolsillo propios.

Escuchamos a la ministra Pilar Mazzetti defender tratamientos con medicinas en las que se gastaban millones de soles y que no tenían mayor eficacia. Vimos al expresidente Vizcarra mentirnos en nuestra cara, hablando de cronogramas de vacunación, sin haber firmado contrato alguno, incluso antes de que las vacunas estuvieran aprobadas. Fuimos presas de un Congreso vergonzante que aprobaba leyes inaplicables para cosechar aplausos a costa de jugar con la esperanza de la gente.

Y la estocada final, es que creímos que el cambio de autoridades abría un hilo de esperanza: llegó un presidente emocionado, que recita a Vallejo; pero que a diferencia de sus antecesores no está dispuesto a equivocarse. Está tan preocupado en no tomar decisiones erradas que ha preferido no hacer nada. Tanto Sagasti como la premier Violeta Bermúdez insisten en que pertenecen a un gobierno de transición y emergencia al que no se le puede pedir que arregle todos problemas del Perú. Nadie puede negar un razonamiento tan elemental; pero qué tal si gobiernan un poco: si despejan carreteras a tiempo, si proponen leyes alternas al Congreso, antes de que les gane la mano el populismo, si se dedican a firmar contratos que aseguren las vacunas. El presidente Sagasti insiste en que no tiene tiempo para hacer mucho, pero que tampoco tomará decisiones apresuradas: en buen cristiano, parece que no moverá un dedo.

En la serie Band of Brothers, Steven Spielberg cuenta la dura tarea de un equipo de paracaidístas en la Segunda Guerra Mundial. La frase de un soldado tal vez define de manera precisa el momento que estamos viviendo: “Peor que un líder que se equivoca es uno que no hace nada”. Así estamos.

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