Los neopartidos, por Carlos Meléndez
Los neopartidos, por Carlos Meléndez
Carlos Meléndez

Politólogo

El uribismo y el fujimorismo son expresiones de un nuevo tipo de derecha que se consolida en los países andinos. La novedad radica en que, en medio de un contexto generalizado de sistemas partidarios debilitados, dichos proyectos se fortalecen entre el electorado. Son las principales fuerzas opositoras en sus países (el uribismo acaba de quedar segundo en las elecciones del senado colombiano) y, aunque ya no son partidos en el gobierno, conquistan votos.

Ambos comparten tres elementos que explican su vigencia. Primero, las sociedades que han atravesado situaciones internas de violencia política favorecen posiciones de ‘mano dura’ contra los enemigos del Estado. Los procesos de ‘reconciliación’ (en Perú) y de acuerdos de paz (en Colombia) son polarizantes entre posturas dialogantes y recalcitrantes. La experiencia gubernativa de Álvaro Uribe y de Alberto Fujimori en materia contrasubversiva provee de autoridad a sus proyectos para insistir en un discurso intransigente y adverso a la negociación. Son ‘defensores’ del Estado en materia de seguridad y su sujeción a la economía es su objetivo ulterior.

Segundo, son más que simples organizaciones personalistas. Sus seguidores valoran los logros de sus gobiernos pero, sobre todo, comparten posiciones programáticas en torno a temas claves, como el régimen político y la administración económica. En la justificación de sus ‘excesos’ y en la defensa de sus máximos líderes, trasluce una visión compartida y coherente de lo ‘bueno’ para el país. No se adhieren a doctrinas holísticas, mas estos pragmatismos han desarrollado una combinación peculiar de vínculos personalista-programático.

Tercero, sus seguidores no son circunstanciales, sino se comportan como militantes partidarios, esa figura olvidada del siglo XX. Votan consistentemente por candidatos de ‘marca’ uribista y fujimorista, aunque sus líderes fundacionales han sido invalidados en sus aspiraciones presidenciales. Tanto el uribismo como el fujimorismo han conquistado mentes y corazones en sectores importantes de sus países. Han generado identidades políticas, lo cual les permite prescindir –temporalmente– de partidos institucionalizados. Despojados de sus vehículos electorales originarios (por el oficialismo de Juan Manuel Santos en Colombia y por líos de personería jurídica con ex integrantes de Cambio 90 en Perú), generaron partidos nuevos y propios. Centro Democrático Mano Firme Corazón Grande y Fuerza Popular, son consecuencias (no motores) de militancias previas a la construcción de sendas organizaciones políticas.

La receta de estos neopartidos personalistas-programáticos (paso por el poder, polarización del país en torno a preferencias democráticas y justificaciones autoritarias, posicionamiento de una ‘marca’ en la opinión pública anterior a la organización) no es exclusiva de la derecha. Libre, de Manuel Zelaya, rompió el tradicional bipartidismo hondureño siguiendo el mismo patrón, aunque con una prédica de izquierda.

Si bien es cierto que las maquinarias continúan explicando la subsistencia de partidos de derecha en situaciones adversas (UDI en Chile, Arena en El Salvador), la fundación de estas nuevas organizaciones políticas apunta a una nueva tendencia. La probabilidad de acaecimiento de este novel modelo se incrementa en contexto de crisis de sistemas de partidos, cuando no se prevé ninguna alternativa de renovación por la vía tradicional.