“La rapidez con la que cambian los conocimientos y la vorágine de la tecnología han provocado que una persona que cruza la barrera de los 50 empiece a considerarse obsoleta”. (Ilustración: Giovanni Tazza).
“La rapidez con la que cambian los conocimientos y la vorágine de la tecnología han provocado que una persona que cruza la barrera de los 50 empiece a considerarse obsoleta”. (Ilustración: Giovanni Tazza).
Patricia del Río

Periodista

El aimara es uno de los idiomas más fascinantes que se hablan en el Perú. Plasma concepciones del mundo que se diferencian enormemente del castellano. En la lengua del altiplano, que hablan alrededor de 500 mil peruanos, es importante que el hablante señale si lo que está diciendo lo conoce de primera mano o de fuentes ajenas. Es normal que cuando a un niño aimarahablante le pregunten “¿quién descubrió América?”, él conteste: “Cristóbal Colón, dicen”. No está poniendo en tela de juicio la veracidad del hecho, sino que está obligado a dejar sentado que él no lo experimentó.

Una de las nociones que más ha llamado mi atención es la relación de tiempo-espacio que se evidencia en su lenguaje. “Nayra”, que significa “ojo”, “frente” o “vista”, se usa para referirse al pasado, y “qhipa”, que significa “atrás”, para referirse al futuro. En un completo estudio de los lingüistas Eve Sweetser y Rafael Núñez se explica, además, que cuando un aimara habla del pasado señala con su dedo hacia adelante, mientras que el futuro está a sus espaldas.

¿Por qué la diferencia con millones de culturas que conciben el futuro con lo que viene, como el sendero que hay que recorrer, mientras que el pasado es lo que ‘ya fue’, como dirían los jóvenes? La respuesta es bastante lúcida: el pasado es lo conocido, lo experimentado, aquello de lo que cualquier ser humano puede dar cuenta. La vida está hecha de lo vivido, y eso es lo que tiene verdadero valor. Bajo esta concepción, entonces, un viejo es más valorado que un joven. Ha vivido más, ha acumulado más experiencia, sabe más.

Hace ya un buen tiempo que la juventud se ha apoderado del mundo. La rapidez con la que cambian los conocimientos y la vorágine de la tecnología han provocado que una persona que cruza la barrera de los 50 empiece a considerarse obsoleta. Han desatado un furor por contratar al chiquillo de 21 años que se conoce todos los vericuetos del software de moda, para jubilar a aquel que es capaz de poner sensatez para superar una crisis. Se ensalza la novedad, se desdeña la profundidad. Y la vejez es un estigma que se trata de retrasar con bótox, implantes de cabello y cirugías invasivas. Nunca se gastó más dinero en la historia para retrasar un proceso irreversible, hoy considerado una lacra.

Este desdén por la experiencia –que los aimaras, en cambio, miran de frente y con orgullo–, se ha transformado durante la pandemia del coronavirus en una actitud casi genocida. Desde autoridades, como el vicegobernador de Texas en los Estados Unidos, hasta personas aterradas por la pérdida de su capacidad adquisitiva, plantearon desde el inicio de la crisis que se dejara correr el virus porque ‘solo mataba ancianos’.

La cantidad de jóvenes que pululan por las calles con la insolencia que les confieren sus veintitantos años son la versión práctica de este pensamiento. “Yo no me quedo en casa, porque no me voy a morir”, que se las arreglen los adultos mayores con sus achaques y sus cuerpos disminuidos. El que transporta el virus no se hace responsable de depositarlo en el más vulnerable, y si un abuelo muere en un hospital asfixiado en el pasadizo porque para él no hay cama, no siente que entre ese ser humano y su comportamiento haya una mínima relación de causa-consecuencia.

Un médico que tiene una sola cama UCI y dos pacientes graves tiene que elegir a quién entuba. El más viejo será descartado y el doctor cargará con esa decisión toda su vida. Pero en algún lugar de la ciudad habrá un grupo de chibolos bailando y emborrachándose, con la profunda ignorancia del que venera un futuro que no existe, en lugar de honrar el pasado que le otorga sentido a este mundo.

PD: Dedicado a todos los que extrañan abrazar a sus padres o abuelos.