"No es normal la falta de ruido, el cielo tan limpio, ni la ausencia de aviones desde mi ventana".
"No es normal la falta de ruido, el cielo tan limpio, ni la ausencia de aviones desde mi ventana".

“Este sería un buen lugar para pasar un apocalipsis zombi”, me dijo mi novia hace años cuando conoció mi departamento. Ahora que pasamos esta juntos en esta atalaya, tengo la impresión de que no somos los únicos que navegan entre la irrealidad fantasiosa y los hechos concretos: en los últimos días varios amigos me han llamado a preguntar: “¿Cómo ves esto, qué seguirá después?”. Yo respondo con información que me he cuidado de extraer de fuentes respetables, pero enmascaro algo más humilde: que en mis huesos habita la ansiedad del que pisa territorio que no conoce. ¿No sería más tranquilizador para ellos que, en lugar de citar proyecciones más o menos autorizadas, les dijera que comparto su intranquilidad? Si la aceptación es más sana que la negación, ¿no sería más humano decirles que no están solos en su miedo?

Recitarles: no es normal que recién bajado de un avión haya tenido que recluirme en mi casa. No es normal que no visite a mi madre desde hace un mes aunque viva a poca distancia, y menos cuando sé la alegría que le da. No es normal que haya dejado de consultar mi agenda para guiar mis actividades. No es normal para mí que, a mi edad, cuando pensaba haber delegado para siempre mis preocupaciones domésticas, haya vuelto a coser pantalones, lavar ropa y limpiar baños como cuando lo hacía de niño. No es normal que alguien de la bodega venga a dejarme una compra, y menos que el vuelto que se me entregó esté arrimado intacto en un rincón de mi casa, a la espera de que un probable virus se evapore.

No es normal dar vueltas alrededor de mi comedor como un carrito de circuito mientras escucho un audiolibro. No es normal esperar todos los días el mediodía para atender la conferencia de prensa del presidente y su Gabinete. No es normal que un conocido de tu juventud sea capturado por la policía por haber sacado en calzoncillos a hacer orinar a su perro. No es normal la falta de ruido, el cielo tan limpio, ni la ausencia de aviones desde mi ventana. Tampoco es normal sentir que tu país, aquel que tanto minimizaste desde niño, haya tomado medidas sanitarias con más presteza que Reino Unido o Estados Unidos. No es normal que puntualmente, a las ocho de la noche, tus vecinos salgan a aplaudir a sus ventanas ni que varios –entre ellos, una pareja de ancianos que nunca falta a la cita– le hayan cantado por su cumpleaños a tu presidente. No es normal haberme emborrachado con mi mejor amigo por su cumpleaños, pantalla de por medio, cuando vivimos a pocas cuadras. No es normal que todo esto, que podría ser privativo de los peruanos en los años ochenta, sea hoy lo normal en todas las ciudades del mundo.

En esos apocalipsis cinematográficos que obsesionan a mi novia, nuestra civilización debe empezar desde cero. No será este el caso: esta pandemia no nos va a aniquilar, pero sí nos hará actuar de manera distinta en varios frentes, tal como viajar en avión fue distinto después del 9/11 o construir casas en el fue distinto desde el terremoto de 1970.

Construiremos una nueva normalidad.

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