Noches traviesas bajo la escalera, por Pedro Suárez-Vértiz
Noches traviesas bajo la escalera, por Pedro Suárez-Vértiz

Cómo olvidar el portero renegón del edificio de mis primeras amigas de barrio, en la avenida Conquistadores, en San Isidro. Mis amigos y yo éramos lo peor para este pobre hombre. Llegábamos en mancha, en pleno fervor pubertano, para invadir las escaleras, ascensores y estacionamientos, jugando a la pega inmóvil con abrazo apretadito, botella borracha y mil disfuerzos más típicos de la edad. Las primeras amistades femeninas son una fuerza que te come las horas del día. Algo irresistible que te hace abandonar la televisión, el parque, los amigos, todo. Como el WhatsApp pero en carne y hueso. El barrio en su máximo esplendor con las primeras chicas de la vida. El portero nos correteaba con furia y escaparnos de él era parte de la aventura. Todo para impresionar a nuestras amigas.

Yo me llevaba muy bien (décadas más tarde) con el portero del edificio de mi tía. Y esta es otra historia: él era atento, mayor, educado y bigotón. Ayudaba a todos los inquilinos a cargar sus bolsas y siempre tenía una buena con- versación mientras esperabas en la recepción. Años después fue contratado en otro edificio de estreno en Miraflores, pero lo botaron por haber robado en un departamento. Es doloroso enterarte de algo así de alguien que estimabas. Pero en la vida lo inesperado es la única constante.

Todos los que vivimos en edificios estamos acostumbrados a vivir con los porteros. Debes confiar en la gente si quieres ser feliz. A final de cuentas siempre sales ganando. En mi edificio, por ejemplo, Miguel y Rodrigo son los porteros de toda la vida. Trabajan aquí desde que me mudé y están igualitos. No envejecen. Los valoro mucho porque no solo se encargan de la seguridad, sino que poseen múltiples habilidades. Son maestros de obra, gasfiteros, carpinteros, mecánicos, de todo. Eso sí, no hay adolescentes correteando ni en las escaleras ni en la veredas ni garajes, como en mis tiempos. Hoy los chicos usan otras realidades, universos paralelos, como las redes sociales, para encontrarse. Quizás esta nueva era les ha quitado rigor a los por- teros y han podido volverse multifacéticos. Hoy limpian las ventanas, arreglan los tomacorrientes, las tuberías y la grifería de los baños y la cocina, e instalan muebles, racks, esquineros. Algo innato en nuestra cultura.

Una vez un vecino chocó a unas cuadras del edificio y, luego de que el taxista al que rozó le quisiera cobrar mucho por un raspón imperceptible, lo primero que el vecino hizo fue llamar a Rodrigo, quien fue rápidamente en su bicicleta a corroborar si efectivamente el raspón era grave. Tras una veloz negociación, Rodrigo pactó con el conductor, quien aceptó pulir el raspón en su taller. ¿Qué taller? No lo sé. Aquello fue insólito.

Hace algunas semanas, decidimos pintar las habitaciones de la casa y cambiar las alfombras por piso laminado. Tras varias cotizaciones con distintos maestros y proveedores, optamos por preguntarle a Miguel, el otro portero de mi edificio, si él podía hacer el trabajo. Al día siguiente, Miguel y Rodrigo subieron y, sin hacer ruido, sacaron todos los muebles, retiraron las alfombras, pintaron y luego devolvieron todo a su sitio. Ni cuenta me di. Y todo por un precio significativamente menor a los de otras empresas.

Cuando mi hermano y yo fuimos al edificio donde vivió y asesinaron a John Lennon en Nueva York, en 1980, obviamente conversamos mucho con el joven portero, que sabía la historia de memoria. Era muy alto y uniformado, estudiaba Leyes en la Universidad de Nueva York y terminado su turno se retiraba en un Porsche. Desigualdades de la vida –en comparación con los otros porteros mencionados–, que no desmerecen su sacrificio y dedicación. Ellos cuidan tu casa en el Día de la Madre, Navidad y Año Nuevo. Solitos en la recepción. Debería existir el Día del Portero.

Esta columna fue publicada el 13 de agosto del 2016 en la revista Somos.