“Las protestas podrán llevarnos a una nueva conciencia si podemos aprender”. (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa).
“Las protestas podrán llevarnos a una nueva conciencia si podemos aprender”. (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa).
Alonso Cueto

Escritor

La figura de estos días en no es Joe Biden, que el martes dio sobre la situación social estadounidense, ni el director de la Organización Mundial de la Salud (OMS) que sigue advirtiendo sobre los riesgos de la pandemia, ni los líderes religiosos que condenaron el espectáculo del presidente en una iglesia evangélica. La verdadera protagonista de la historia de los últimos días es la persona que tuvo el coraje de grabar la ejecución de la tarde del 25 de mayo pasado. Todo indica que este episodio puede ser el umbral de una nueva conciencia sobre el racismo en todo el planeta.

Como las ejecuciones que vemos en los libros de historia, la muerte de Floyd resultó un hecho público, marcado por la luz de una tarde de verano. Ese lunes, hace poco menos de dos semanas, Floyd fue a comprar cigarrillos a la tienda Cup Foods, en un barrio de Minneapolis. Después de pagar con un billete de US$20 falso (lo que para el caso es irrelevante), sale de la tienda y se sienta en un auto. Hacia las ocho, los empleados del establecimiento lo encuentran y le piden devolver el paquete. Floyd se niega y entonces los empleados llaman a la policía. Llegan dos guardias y lo sujetan sin encontrar resistencia. Aparecen nuevos policías, entre ellos el tristemente famoso , que ya conocía a Floyd (habían en la seguridad en un local). A pesar de que los transeúntes les piden que dejen de torturar a Floyd, los oficiales se niegan. Uno de los policías, de apellido Thao (hoy acusado de complicidad en el asesinato), se dirige a la gente con un consejo terapéutico: “Esto les debe enseñar a no usar drogas”. Floyd suplicaba en voz alta: “No puedo respirar”, “madre”, “no me maten”. El oficial Derek Chauvin le presiona el cuello durante casi nueve minutos. Se lo sigue presionando aun después de que el cuerpo ha expirado. Para entonces, uno de los transeúntes le ha dicho a los policías: “Por sus gestos, se ve que están disfrutando de todo esto”.

Al menos dos personas , cuyas imágenes y palabras hoy aparecen en pancartas y en polos. Solo ha trascendido el nombre de una de las que hicieron la filmación, una escolar de 17 años de gran coraje, Darnelle Frazier.

¿Las protestas que han seguido van a marcar un camino? El tema del racismo está registrado en múltiples obras norteamericanas, desde la novela “La cabaña del tío Tom” (que contribuyó a la Guerra Civil) hasta la interesante serie “Siete segundos” en Netflix. El racismo destruye el corazón de una sociedad, la esencia de comunidad basada en la confianza y el respeto mutuos. Es el gran virus social de nuestro tiempo. No es casual que esas protestas se hayan replicado en algunas ciudades europeas. Y es un hecho que el voto afroamericano va a jugar un rol en las elecciones estadounidenses dentro de cinco meses.

El pecado original de las sociedades es el racismo. Es un pecado con el que es imposible pensar en un proyecto nacional. Si los peruanos no hemos progresado es esencialmente debido a la supervivencia de esa tara, que va en contra de cualquier política económica. Lo vemos en la indiferencia hacia personas marginadas y especialmente castigadas en esta pandemia. También en alguna “gente bien” que hace poco cacareaba sus comentarios racistas en cartas y artículos.

Las protestas podrán llevarnos a una nueva conciencia si podemos aprender. El problema es que solo aprendemos porque vemos morir a gente inocente como Floyd.