Ocho lecciones sobre la muerte en el Perú, por Luis Millones
Ocho lecciones sobre la muerte en el Perú, por Luis Millones
Luis Millones

Antropólogo

Hace poco me contaron una historia sobre el águila, orgullosa reina de los cielos del Imperio Romano y de los reinos aztecas que, habiendo ascendido al trono de las aves, preguntó a su padre: ¿Cuántos años duraré en este apogeo? El antiguo monarca le contestó: No mucho porque las águilas solo vivimos quince años. Preocupado por la respuesta, el águila indagó sobre cuál de las aves vivía más tiempo, y le dijeron que hablara con el gallinazo peruano.

Remontó entonces los cielos de Europa y América del Norte y, llegando a Lima, buscó entre sus muchas calles en deterioro, tugurios del centro y barriadas del norte y del sur, al personaje que le habían mencionado. Fue muy fácil encontrarlo. El de cabeza negra no se incomoda con la presencia de los humanos y estaba por todas partes. Olvidando su rango real, se posó al lado de uno que se espulgaba sin atemorizarse de él y le explicó el enigma que lo traía de tierras tan lejanas.

¡No es nada del otro mundo!, le dijo el gallinazo limeño tras escucharlo. Hasta los humanos saben que las carnes rojas son un veneno para el hígado. Si quieres vivir más debes alimentarte de carne ya procesada, como hacemos nosotros los carroñeros. ¿No te das cuenta de que al comer lo podrido, significa que ya ha sido digerido? Haz lo mismo y vivirás cien años.

El águila quedó desconcertado y mucho más cuando el gallinazo le señaló con gula a un perro muerto con el vientre hinchado por los días transcurridos desde su deceso. El carroñero descendió con toda calma y, luego de abrir el vientre, empezó a atacar sus intestinos e invitar al águila para su necesario cambio de dieta. Haciendo el asco a un lado, el águila se colocó al lado de su anfitrión y dio un par de picotazos al perro.

Días después, volvió a entrevistarse con su padre, que sabía de su aventura, y que con la mirada le preguntó sobre el resultado. ¡Prefiero vivir quince años!, dijo el joven monarca.

El águila de nuestro cuento finalmente decidió razonar como los humanos, hacer lo posible por silenciar la presencia de la muerte. Estamos dispuestos a sostener que la muerte es el desenlace necesario de toda vida. Que cada uno de nosotros debe a la naturaleza una muerte y que tiene que estar preparado para saldar esa deuda.
En suma, que la muerte es natural, incontestable e inevitable. Y, siguiendo a Sigmund Freud, podemos decir que enterramos este razonamiento en algún rincón oscuro de nuestro pensar, como si no existiera.

Pero Freud escribió para el mundo occidental, muy lejos de las sociedades andinas y mesoamericanas. Así que siempre nos quedará la duda sobre la capacidad de aplicación de las técnicas de conocimiento desarrolladas en Europa y América anglófona en las sociedades indígenas, o más tarde en un mundo mestizo que seguía siendo lejano al que se asentó en la Grecia clásica.

Naturalmente, nada de lo dicho nos impide hablar sobre la muerte… siempre que se trate de la de los demás. La resistencia a pensar es siempre sobre la nuestra.

Si pasamos revista a la literatura universal, nada mejor descrita y terrible que la muerte de Acteón, redactada con sumo detalle –y yo añadiría placer– por Publio Ovidio Nasón. La historia narra que Acteón se había adentrado en el boque de Artemisa, la Diana de los romanos, y cometió la doble falta de competir con ella en el arte de la caza y admirar su cuerpo desnudo. Entonces, a la cazadora le bastó con arrojar agua sobre el mirón y maldecirlo al mismo tiempo. Poco después, Acteón, convertido en ciervo (o algo peor, pues a veces lo dibujan cubierto con piel de ciervo y sin cuernos, desdibujando su hombría), fue devorado por sus propios perros de caza.

Tampoco podemos olvidar el cuidadoso detalle con que los cronistas describen el asesinato de Francisco Pizarro, cuando un grupo de partidarios guiados por Juan de Herrada y Diego de Almagro asaltaron su casa. Con la coraza mal puesta, viendo huir a todos sus contertulios, el viejo conquistador luchó en el umbral de una puerta hasta que, cubierto de heridas y habiendo perdido el uso de la espada al tenerla clavada en un rival, cayó al suelo donde fue rematado de mala manera.

Si miramos unos años antes, no podemos dejar de mencionar la insistencia de los cronistas al mencionar que Atahualpa ordenó matar a su hermano Huáscar, poniendo en relieve que especificó que su cadáver se arrojase al río Andamarca. Así no quedarían restos de su cuerpo como para conservarlo como momia, lo que en términos andinos equivalía a poco menos que la inmortalidad.

La reflexión sobre la muerte, usando ejemplos similares a los expuestos, será también el tema de ocho conferencias en el Instituto Raúl Porras Barrenechea este mes. Las charlas nacen de largas conversaciones con Moisés Lemlij, de la Sociedad Peruana de Psicoanálisis. No es la primera vez que se intenta una tarea interdisciplinaria en la que han sido pioneros María Rostworowski, Max Hernández y Alberto Péndola, si me remito a las sesiones en las que participé, porque la lista de los que iniciaron este quehacer es larga y de mucho prestigio.

El trabajo de campo de colegas antropólogos y el de mi propio equipo nos proporcionan experiencias recogidas en Cusco, Ayacucho, La Libertad, Lambayeque y Piura que permiten adelantar que las charlas no tendrán como tema el ámbito estrictamente histórico. Así, será posible contraponer las experiencias de regiones que no solo tienen diferentes orígenes étnicos, sino que también han seguido caminos diferentes en el proceso de cambio acelerado que ha vivido el Perú en las últimas décadas. 

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