(Ilustración: Giovanni Tazza).
(Ilustración: Giovanni Tazza).
Carmen McEvoy

Historiadora

Hace un par de días nos enteramos del contenido de la colaboración eficaz de otro capitán de ese ejército de delincuentes llamado Odebrecht. El relato pormenorizado de Sergio Nogueira nos trasladó a la nefasta reunión en la cual Jorge Barata señaló a miembros del ‘club de la construcción’ que la consigna de su patrón era conquistar –plata en mano– el proyecto IIRSA Sur. Respirando hondo me hice unas cuantas preguntas relacionadas con los recientes destapes que tanto nos duelen. ¿Qué pasó por las cabezas de los que escuchaban, me imagino con mirada arrobada, a ese pobre diablo, factótum del robo más grande cometido contra el Perú? ¿Qué pensó Félix Moreno, hoy no habido y culpable directo de la postración económica y degradación social del Callao, cuando se coludió con los brasileros para hacer una prolongación de la Costanera que hoy –por la pagadera de coimas– hace agua por todos lados? Y Horacio Cánepa, quien raudamente protegió su patrimonio pasándoselo a su hijo, ¿no reparó que su accionar impactaba en el futuro de otros hijos e hijas sin aquellas jugosas “oportunidades” del suyo? Cuando el “árbitro” hablantín falló en contra de los intereses nacionales –con la finalidad de embolsicarse los millones de dólares que escondió en Andorra–, ¿acaso no entendió que su crimen, como el de muchos otros asaltantes de cuello y corbata, podría tipificarse como traición a la patria?

El calor, los huaicos, las inundaciones, los asaltos y feminicidios diarios, aparte del discurso abstracto de la anticorrupción, no nos permiten hacer un catastro real de lo que nos han robado. Porque lo que se llevaron en bolsas, maletines o simples transferencias electrónicas a sus respectivas cuentas ‘offshore’ es ni más ni menos que el fruto del trabajo honrado –vía impuestos– de millones de peruanos. Los que desde el alba se ganan el pan, con el sudor de su frente, con la finalidad de mandar a sus hijos al colegio y con mucha suerte a la universidad. Mientras el Perú del trabajo hizo y sigue haciendo malabares para sobrevivir, la mafia de Odebrecht junto con sus aliados estratégicos –los nombres de los traidores seguirán apareciendo– no solo penetraron el corazón de nuestras instituciones –la Presidencia de la República una de ellas–, sino que corrompieron la democracia: interfiriendo en las elecciones tanto del Poder Ejecutivo como del Legislativo e incluso el Judicial. Sin embargo, lo más grave de toda esta historia de codicia irrefrenable es que “la cultura de la coima y de la plata fácil” ha venido corroyendo el principal cimiento de cualquier república en forma. Acá me refiero al trabajo de sus ciudadanos, algunos de los cuales empiezan a pensar que laborar ocho horas de lunes a viernes no vale la pena. Es por ello que lo que urge es equiparar la actividad depredadora de los saqueadores con lo que hubiéramos podido hacer si no nos “conquistaba” esa manga de rateros, cuantificando y personificando el accionar de sus vanguardias. Con los 25 millones con los que, en teoría, compraron a Alejandro Toledo, ¿cuántos colegios, hospitales, unidades vecinales o construcciones que resguarden a nuestros pastores y animales de las heladas, hubiéramos logrado levantar? ¿Cuántos compatriotas sufrieron y de qué manera con cada robo abusivo? Porque lo que la ciudadanía debe entender es que el asalto sobre el Tesoro Público, vía arbitraje, adenda o como quieran llamarlo, es una expropiación forzada del trabajo y del bienestar ajeno. Y eso no tiene nombre y mucho menos perdón.

Es difícil ser optimistas en estos tiempos en que los émulos de los saqueadores del Estado han tomado el control de las calles. Pienso por ejemplo en esa gavilla de malhechores que desfiguraron a una vecina de San Juan de Miraflores con una navaja por intentar robarle la camioneta que compró con su trabajo honrado. No cabe la menor duda de que asistimos a una etapa histórica en la que el robo, en todas sus modalidades, se ha convertido en un modus vivendi que va arraigándose entre la población juvenil. En el Callao chimpunero y narcodependiente –que fue testigo del auge y caída del talentoso Kukín Flores– los jóvenes son reclutados desde los 12 años de edad para formar las bandas, de donde salen los futuros sicarios chalacos. Todos los días hay balaceras, muchas por ajustes de cuentas entre bandas que se disputan los territorios por donde se acopia y comercializa la droga que día a día se exporta al extranjero.

Pero como el Perú es un país de claroscuros, cuenta también con una fuerza creativa que siempre lo sostiene y –casi por inercia y milagrosamente– lo empuja hacia una serie de increíbles recuperaciones. Dentro de ese contexto, no sorprende ver la cantidad de pequeños emprendimientos entre los jóvenes, quienes transitando por calles peligrosas y por el laberinto de un Estado aún ineficiente, sueñan con un país y una vida mejor. Una noche que estaba desvelada prendí la televisión y me di con una entrevista que me sorprendió, porque a veces en medio de tanto descalabro uno no presta la debida atención a las iniciativas buenas, esas del trabajo noble y productivo a las que me referí previamente. El proyecto universitario que unos años después derivó en la cadena de juguerías Disfruta es una apuesta por la diversidad de los frutos que posee el Perú pero también una muestra de que el trabajo fuerte y la innovación pagan. Que no es necesario hacer daño para progresar. Confieso que me conquistó el entusiasmo de la dueña que, junto a su hermano, decidió hacer patria, siguiendo el ejemplo de sus padres y abuelos provincianos. Es por historias como las anteriores que la consigna para esta hora amarga es conquistar, no lo ajeno, sino nuestros propios miedos y demonios, para luego construir, crear y producir sacando lo mejor que tenemos como sociedad. De esa manera el tiempo de los saqueadores será sustituido por el de los constructores del Perú noble y bueno que todos ansiamos.