"Denunciar a las autoridades, por su parte, es más probable allí donde hay comisarías en el distrito y también allí donde la víctima domina el español".
"Denunciar a las autoridades, por su parte, es más probable allí donde hay comisarías en el distrito y también allí donde la víctima domina el español".
Daniela Meneses

Periodista y abogada

En el 2015, vimos una imagen que, quiero pensar, nos marcó como país. En el lobby de un hotel, perseguía desnudo y arrastraba del pelo a . Cuatro años y medio de luchas, de denuncias, y de campañas de concientización después, comenzamos el 2020 con una imagen similar. Jimmy Porras Camac ataca en el lobby de un hotel a una mujer, la jala por el pelo, le rompe una botella en la cabeza y la sube a un auto. Aunque se temió lo peor, el lunes la policía detuvo a Porras y encontró a su víctima a salvo.

Hace un par de semanas cerraba las columnas del año escribiendo sobre los que habían tenido lugar en el 2019. Seguir trayendo estos temas a debate público quizás parezca para algunos repetitivo, pero en realidad hay muchísimo todavía por decir; muchísimo que va más allá de los casos individuales y de las cifras generales.

Un reciente libro que precisamente busca poner énfasis en la complejidad detrás de los números agregados es “Violencias contra las mujeres: la necesidad de un doble plural”, editado por Wilson Hernández y publicado por Grade. En el Perú, nos recuerda Hernández, siete de cada diez mujeres han sufrido violencia psicológica, física o sexual por parte de sus parejas, lo que nos coloca como uno de los países con más violencia en el mundo. Pero ¿qué diferentes violencias, y qué diferentes mujeres, hay detrás de las cifras?

Uno de los quince capítulos es escrito por Hernández. Allí, el investigador adjunto en Grade utiliza información de la encuesta Endes para mostrar que la de pareja toma distintas formas. (Antes de seguir, una aclaración: por supuesto se trata de patrones que deben ser entendidos como herramientas de estudio, y no como predictores de la violencia de una relación. Es posible que haya escalamiento, y en cualquiera puede haber violencia física severa). El primer patrón, que llama ‘control limitado’, está fundamentalmente caracterizado por la violencia psicológica, específicamente relacionada a los celos. En el ‘control extendido’, encontramos formas extendidas, diversas y nocivas de violencia psicológica. Aquí hay una intención más clara de control, y “mayor posibilidad de que la violencia física se ejerza de forma interrumpida”. El tercer patrón, ‘control violento regular’, presenta menor uso de violencia psicológica y mayor uso de violencia física, más severa y frecuente. Son más comunes los empujones, sacudones y puñetes. Finalmente, tenemos el ‘control violento con riesgo de feminicidio’, que combina distintas formas de violencia, severas y frecuentes, incluidas “aquellas similares a como se cometen los feminicidios”.

En otro de los capítulos, la profesora de la Universidad de Lima Rosa Luz Durán explora la relación entre la escolaridad de las mujeres y la probabilidad de ser víctimas de violencia, también basándose en una muestra del Endes. Uno de sus hallazgos es que “los riesgos de violencia doméstica son mayores cuando confluyen niveles bajos de educación para la pareja y logros educativos mayores para las esposas que para los esposos. En una sociedad como la peruana, la penalidad por desviarse de los roles tradicionales de género puede ser suficientemente grande como para neutralizar los beneficios esperados del empoderamiento económico de las mujeres”.

Jhon Ortega, asistente de investigación en Grade, habla por su parte de los factores que se relacionan con que las mujeres víctimas de violencia física o sexual de pareja busquen ayuda de familiares o amigos o denuncien ante las autoridades. También analizando data del Endes, encuentra entre otras cosas que “la educación y el empleo incrementan la probabilidad de buscar ayuda, mientras que si la víctima justifica la violencia de pareja o vivió en un hogar donde el padre era agresor, la probabilidad de buscar ayuda se reduce. También se evidencia que cuando el agresor muestra cariño y dedica tiempo a la pareja, la víctima no puede reconocer la agresión y se reduce la probabilidad de buscar ayuda”. Vivir en un área urbana aumenta la probabilidad de buscar ayuda; vivir en la selva, la disminuye. Denunciar a las autoridades, por su parte, es más probable allí donde hay comisarías en el distrito y también allí donde la víctima domina el español.