Todo pasa, por Pedro Suárez-Vértiz
Todo pasa, por Pedro Suárez-Vértiz

Muchas veces me pregunto por qué nací con añoranza. Siempre sentía antojos en casa de mis amigos cuando niño. Veía sus alacenas llenas con cosas que no tenía en mi hogar, y me provocaban mucho. Así como sus zapatillas importadas y juguetes que pocas veces pude tener. Creo que los ecos de aquellas épocas se me hicieron crónicos y no me sorprende sentir de vez en cuando que algo inusual me provoca. Esta es la única explicación que puedo darles de cómo aparecen las ganas de hacer una canción o un texto. Recuerdo haber abierto libros o cuentos –de niño– y, al ver las ilustraciones tan bonitas, solo quería meterme en esos dibujos e imaginar vivir dentro. Pero no se podía y me molestaba. Hasta ahora quiero viajar en perfumes, hacerme uno con una melodía que me atraviese, ser parte de un cuadro que luzca acogedor o hacerme amigo de la niña de la película Melody. También recostarme en el pasto con mis amigos dibujados en algún libro de lectura de primaria o con algún perrito fotografiado. No soy melancólico, aunque lo parezca. Profundizo mucho lo que converso –con seres profundos, si se puede– y eso le da un tono nostálgico y soñador a mi discurso. No confundir con el melodrama. La evocación de algo que no existe es el primer paso para realizar ese algo. Eso para mí es crear.

Si tu infelicidad se te hace atractiva, es que eres melancólico. ¿Saben lo que es la melancolía? Es la felicidad de estar triste. Por eso los poetas son profundos. Su caos intriga. Porque en el fondo no es caos, es el saborear y describir la añoranza. La vida les aburre tanto que solo el vértigo de las emociones imposibles les brinda significado, les entretiene, les da que pensar. Respeto esa posición, pero prefiero no inmolarme en nombre de la melancolía.

Siempre hay un punto ciego al entenderse dos personas. Siempre hay algo que hace no entender completamente las palabras del otro. Ocurre mucho en los mensajes de texto. Crees que llegas, cuando no llegas realmente. Como el misterio de avanzar infinitamente, así el recorrido sea corto. Es una hermosa teoría que me explicaba mi padre de niño: si estás a 100 metros de algo y avanzas la mitad de la distancia, entonces quedas a 50 metros. Luego avanzas nuevamente la mitad de lo que te queda y quedas a 25 metros, luego repites el avanzar la mitad y quedas a 12,5 metros, y así sucesivamente avanzas pero no llegas nunca, a pesar de estar avanzando.

En fin, los problemas en la vida son necesarios e infinitos, más de lo que imaginan. Las traiciones, los insultos, las peleas, un golpe bajo, una mentira descubierta, una estupidez, las disputas, el aburrimiento, las envidias, los abandonos, etc. son muy necesarios. Son puntos finales que te hacen cerrar etapas, mudar afectos, regresar al origen y buscar nuevas opciones. Cuando estos golpes no existen, es difícil reconstruirse. Esos portazos finales son importantes para sacudir la conciencia, para entrar en razón, para despejar los últimos gramos de dependencia que quedan en la incontrolable memoria. Deberán saber que la vida nunca te da problemas más grandes que tu tolerancia. Todo en la vida es una eterna lección de no desesperarse ni en el trabajo, ni en el amor, ni en la salud, ni en el dinero. Por eso los problemas recién acaban cuando ya no te atormentan, no cuando se resuelven. Cuando tu vida sepa seguir a pesar de ellos. Lo verás al conversarlo con personas mayores; te dirán: “ay, hijito, todo se va a arreglar”, y tú crees que están locos, que lo dicen para consolarte. Pero no, ellos saben por qué lo dicen. Todo pasa, y si no pasa, tu mente pasa sobre ello.

Esta columna de Pedro Suárez-Vértiz fue publicada en la revista Somos. Ingresa a la página de Facebook de la publicación

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