"¡Pobre jirafita!", por Liuba Kogan
"¡Pobre jirafita!", por Liuba Kogan
Redacción EC

LIUBA KOGAN

Jefa del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad del Pacífico

Recientes imágenes de la matanza de ballenas piloto en las Islas Feroe (región autónoma de Dinamarca) y de la ejecución de la jirafa en un zoológico danés han escandalizado a la opinión pública esta semana. También circuló en las redes sociales el llanto de un activista japonés que escucha agonizar a delfines en la caleta de , Japón, debido a la matanza que se realiza todos los años en ese lugar. 

El acuchillamiento de cetáceos en las Islas Feroe se remonta a más de mil años, cuando –aprovechando la migración de estos animales parientes de los delfines– se los apuñalaba para obtener alimento, piel para elaborar cuerdas y grasa para las lámparas de aceite. Si bien los feroeses en la actualidad tienen un muy alto estándar de vida, siguen repitiendo el ritual anual en el que se masacran más de mil ballenas piloto, lo que tiñe literalmente las aguas de sangre. La matanza –antes que una estrategia de sobrevivencia– parece haberse convertido en un deporte de aventura.

Algo similar sucede en la caleta de Taiji, donde los pescadores –resguardados por sus autoridades– matan miles de delfines para destinarlos a la alimentación de las personas (a pesar de que se encuentran contaminados con mercurio) y a nutrir los delfinarios a escala mundial, lo que es un negocio millonario. 

Para justificar dichas matanzas en las Islas Feroe y en Taiji, se apela –entre otras razones– a la tradición. Existiría, desde la perspectiva de los lugareños, un derecho ganado, por lo que nadie debería criticar dichas prácticas apelando al argumento del sufrimiento de estos mamíferos y la cruel forma de matarlos. Es decir, se esgrime el argumento del relativismo cultural: cada práctica ancestral es propia de su sociedad, por lo que nadie debería cuestionarla. 

A la jirafa Marius, por otra parte, se la mató para evitar que se cruzara con hembras consanguíneas en el zoológico en el que habitaba, pues no se le había encontrado otro espacio donde alojarla. Pero no solo eso: se seccionó su cuerpo delante del público visitante para dárselo como alimento a un grupo de leones. El argumento de los veterinarios encargados fue de orden científico y el procedimiento siguió los protocolos europeos para el tratamiento de animales en cautiverio. 

Los activistas que luchan contra estos episodios de crueldad contra los animales aumentan en número y empeño. La cantidad de gente que se indigna es enorme y estas personas parecen incluso ser más entusiastas que quienes apoyan a grupos humanos vulnerables. ¿Qué ha sucedido en los últimos años con nuestra sensibilidad para que los argumentos del relativismo cultural o los del ámbito de la ciencia ya no nos convenzan cuando se trata de matar animales? 

Al parecer, nuestra manera de relacionarnos con los mamíferos con los que nos identificamos por su capacidad de interacción amable está transformándose de modo significativo. “Pobre jirafita... Su muerte solo me produce tristeza... Pobre animalito indefenso”, escribió alguien en las redes sociales. Cada vez más proyectamos en los animales nuestras propias sensaciones, temores y afectos. ¿Cambiará también nuestra manera de relacionarnos con nuestra propia y complicada especie?