"¿Será posible inventar un modelo en el cual el dinero “haga crecer el bien” sustituyendo la ambición desmedida por la solidaridad con el otro?". (Ilustración: Giovanni Tazza).
"¿Será posible inventar un modelo en el cual el dinero “haga crecer el bien” sustituyendo la ambición desmedida por la solidaridad con el otro?". (Ilustración: Giovanni Tazza).
Carmen McEvoy

Historiadora

“Ya le dije, el dinero trae el bien y el mal, o mejor, le diré, hace crecer el mal y el bien. Y no hay hombre de seso suficiente para que pueda componer eso”, le comentó un campesino español anónimo a José María Arguedas, mientras el notable intelectual peruano lo entrevistaba para un innovador trabajo etnográfico que cristalizó en su monumental obra “Las comunidades de España y el Perú” (1968). Esta semana se cumplieron cincuenta años de la trágica muerte de un peruano que descubrió su vocación de escritor al leer “Los miserables” de Víctor Hugo en la hacienda Huayu Huayu, a orillas del río Apurímac. La hacienda –que ha sido identificada como un paraje de “Los ríos profundos”– tenía una hermosa capilla colonial y una biblioteca. Ahí, Arguedas encontró el ‘best seller’ del novelista y crítico social más famoso del siglo XIX, quien, sin saber, conquistó la mente de un niño serrano que fue maltratado sistemáticamente por una madrastra “dueña de un corazón de piedra y de medio San Juan de Lucanas”. Hugo le enseñaría a universalizar su dolor y, también, que en un mundo regido por el materialismo y la injusticia existía la solidaridad y el cariño que él mismo encontró entre los brazos de Facundacha, la sirvienta; Cayetana, la cocinera madre; Víctor Pusa, el picapedrero o el lacayo, José Delgado. Con ellos, José María aprendió la felicidad de las pequeñas cosas, el amor a los animales y a los alfalfares y que incluso las piedras estaban dotadas de vida. Más aún que la vida, con sus olores y sabores, siempre se abría paso en aquel mundo mágico de la familia que él se inventó para luchar contra el desamor que marcó buena parte de su existencia.

¿Qué dirían José María Arguedas y Víctor Hugo ante esta ola revolucionaria que está atravesando todo el planeta? ¿Cuál sería la explicación de estos dos novelistas sobre la indignación que hermana a ciudadanos de Argelia, Irán, Chile, Colombia, Hong Kong, entre otros países? Probablemente que el dinero va imponiéndose sobre la vida misma y que millones de seres humanos simplemente no resisten más tantísimo “corazón de piedra”, indiferente ante el sufrimiento de los demás. En uno de los análisis, en clave comparativa, del fenómeno que conmueve al mundo, Ben Ehrenreich señala que la desconexión entre la percepción de las élites y la experiencia de las masas es común y fundamental: todos los países experimentando revueltas populares han sido gobernados por un modelo económico implacable que se resiste a cambio alguno, siendo Chile el ejemplo más representativo de un experimento económico que llevó al capitalismo a extremos inimaginables, de la mano de un dictador. En líneas generales, el sistema –que es global– mantiene el balance de poder a favor de los afortunados mientras impone salarios que posibilitan una acumulación desorbitante. La que además crece exponencialmente mediante el dominio de múltiples plataformas como son los fondos de pensiones, que luego de financiar por un período largo a sus dueños ofrecen un retiro miserable a los aportantes.

“La ambición es buena”, es una frase de la película “Wall Street”, pronunciada por el corredor de bolsa de Nueva York Gordon Gekko, que expresa la cultura de una era marcada por todo tipo de excesos a costa del dolor ajeno. La aventura de Gekko terminó en la cárcel así como ha ocurrido acá en el Perú y por las mismas razones. Desde hace varias décadas, la danza de los millones ha trastornado a los que actúan bajo la premisa de que el dinero es el bien supremo que hay que buscar a como dé lugar, incluso llevando maletines con millones de dólares para asegurar un lugar preferencial en el reparto de la prebenda mercantilista. Dentro de ese contexto, la democracia peruana importa un pepino y una vida productiva que contemple el bien común será percibida como una reverenda idiotez.

Chimbote, una ciudad tensionada donde múltiples culturas conviven violentamente y en términos de desigualdad, es el lugar que Arguedas escoge para mostrar el poder corrosivo del capitalismo salvaje. “La mafia antigua hizo correr la voz, como pólvora, de que en Chimbote se encontraban tierras buenas para hacer casas propias, gratis; que había trabajo en fábricas y en lanchas bolicheras, mercados, ladrilleras, tiendas, bares, restaurantes”. La gente humilde de la sierra fue atraída masivamente. Sin embargo, existía un plan perverso: “les pagaremos unos cientos y hasta miles de soles y ¡caja-rete! como no saben tener tanta plata, también les haremos gastar en borracheras y después en putas y también en hacer sus casitas propias que tanto adoran estos pobrecitos”. En el modelo visualizado tempranamente en “El zorro de arriba y el zorro de abajo” el “progreso” –ahora cuestionado en todo el planeta– es una quimera adonde el pobre no puede arribar y menos lograr bienestar. ¿Será posible inventar un modelo en el cual el dinero “haga crecer el bien” sustituyendo la ambición desmedida por la solidaridad con el otro? Pareciera ser que el mundo lo está reclamando.