"Vamos cinco meses en esto y todos estamos agotados". (Ilustración Giovanni Tazza)
"Vamos cinco meses en esto y todos estamos agotados". (Ilustración Giovanni Tazza)
Patricia del Río

Periodista

El 15 de agosto de 1945, los japoneses escucharon, por primera vez, la voz del emperador Hirohito. No tenían idea de cómo sonaban sus palabras. Pero ese día, a través de las ondas radiales de la NHK, los súbditos se enteraron que Japón se rendía ante Estados Unidos, China, Gran Bretaña y la Unión Soviética. Confirmaban que tras el lanzamiento de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, solo les quedaba agachar la cabeza. El discurso original lo pueden escuchar hoy en YouTube. Con la estática propia de las grabaciones antiguas, una voz opaca transmite en una lengua que no entendemos, sentimientos que nos son familiares: la derrota, el agotamiento, el terror. Los japoneses ese día constataron que el halo protector que el Imperio había ejercido por siglos sobre ellos se había terminado. Estaban por su cuenta.

El 7 de agosto se cumplieron 30 años desde que el entonces primer ministro, terminó con un “que Dios nos ayude”, uno de los discursos más escalofriantes de nuestra historia republicana. El primer ministro había declarado, pálido y preocupado, que los productos de consumo básico subirían cinco, diez, veinte veces, sin que el Estado pudiera hacer nada por los ciudadanos. Sin bonos, sin subsidios, sin empleo y en medio de la furia del terrorismo, los peruanos quedamos desamparados, remando solos con los nuevos costos de vida asfixiantes.

El jueves 20 de agosto el presidente Vizcarra salió, como todas las semanas, a hablar sobre las medidas que el Gobierno está adoptando ante el recrudecimiento de una pandemia que no logra vencer. Agradeció los aportes de diversos sectores que le piden que cambie de estrategia, aunque no precisó cuáles tomaría en cuenta, ni cuándo. Después vino lo insólito: como poseído por el espíritu de nuestro querido doctor , el presidente sacó Power Point, se puso didáctico, nos explicó cómo se desarrollaban las vacunas, sus fases, cuáles eran los laboratorios con los que se estaba negociando y con un optimismo, algo desconcertante, anunció que la vacuna estaba en camino, que se comprarían 30 millones de dosis y que el próximo año estaríamos inmunizados.

Sobre el ahora, no se anunció nada nuevo. No se explicó qué se haría ante la falta de oxígeno, la escasez de camas, la muerte de médicos. No hubo una luz para los enfermos de hoy. Y una sensación de desamparo y soledad se extendió como mancha de petróleo en el océano, cuando un impaciente e irritado Vizcarra se negó a contestar las preguntas de la prensa que lo obligaban a aterrizar en la realidad: descartó que hubiera errores de comunicación, argumentó que el problema de la entrega de bonos estaba en la población a la que no le gustaba usar la banca electrónica, y volvió a mencionar las terroríficas parrilladas como fuente de contagio.

Vamos cinco meses en esto y todos estamos agotados. Los ciudadanos ya nos acostumbramos al miedo, las autoridades parecen resignadas a que todo les salga mal, los emprendedores han vuelto a la calle a empezar de cero, los trabajadores luchan por no hundirse en la miseria. Nunca antes, sin embargo, había quedado tan clara una sensación de abandono como la que experimentamos el jueves. Un “arréglatelas como puedas hasta que llegue la vacuna” ha sido el último mensaje de un jefe de Gobierno al que se le esfumaron las ideas, las fuerzas o las ganas. Cómo saber.

Los peruanos estamos tan acostumbrados a que nos suelten la mano y nos dejen a la deriva que nada nos sorprende. Nos han robado, nos han engañado, nos han dado la espalda. Si este es el caso, si el Gobierno del presidente Vizcarra va a apostar por el “si te contagias es tu culpa”, está bien, pero avísennos con tiempo. Cuéntennos que ya perdimos la guerra y adviertánnos que Dios nos ayude. Para ir arreglándonosla con nuestra soledad. Para asumir, de una vez por todas, que estamos por nuestra cuenta.

TAGS RELACIONADOS