"No era realista apostar nuevamente a gobernar con el antifujimorismo como aliado, y contra la mayoría congresal fujimorista". (Foto: El Comercio)
"No era realista apostar nuevamente a gobernar con el antifujimorismo como aliado, y contra la mayoría congresal fujimorista". (Foto: El Comercio)
Fernando Cáceres Freyre

Director de Síntesis Consultoría

Los diez votos kenjistas que salvaron de la vacancia al presidente evidenciaron el 21 de diciembre que había habido un canje de indulto por vacancia. Quien no lo entendió así, es porque no quiso ver lo evidente. Ahora sabemos que el informe de la junta médica que circuló Nicolás Lúcar en plena exposición no era una táctica del keikismo dirigida a que la izquierda de Nuevo Perú apoye la vacancia, sino un mensaje dirigido a y sus aliados para que tengan la certeza de que el indulto ya estaba en camino.

La decisión del presidente ha sido compleja. Primero, la tomó sin que todo su círculo político más cercano – algunos congresistas y ministros– estuviera al tanto, al punto que varios de ellos quedaron en offside frente a declaraciones que hicieron durante el proceso de vacancia. Segundo, supuso “traicionar” a quienes lo habían apoyado para no ser vacado –y que también integraron el esquema de alianzas que lo llevó a ganar la segunda vuelta–. Ha perdido congresistas, posiblemente perderá varios ministros, y el apoyo del antifujimorismo.

Sin embargo, para tratar de entender la decisión del presidente, hay que ponernos en sus zapatos. No era realista apostar nuevamente a gobernar con el antifujimorismo como aliado, y contra la mayoría congresal fujimorista. Ya lo había intentado sin éxito.

De un lado, hay que considerar el inmenso poder que las reglas de juego políticas actuales otorgan al fujimorismo (71 votos), en asuntos directamente relacionados con la marcha del Ejecutivo. De hecho, bastan los votos fujimoristas para dar facultades legislativas al Ejecutivo, aprobar leyes orgánicas, censurar ministros, dar el voto de confianza al Consejo de Ministros, aprobar la Ley de Presupuesto, aprobar por insistencia una ley observada por el Poder Ejecutivo, etc. Del otro lado, hay que considerar que lo “anti” solo logra unirse para vetar, pero no en torno a una agenda programática que trace un camino país (en su interior hay derechas, izquierdas, liberales y conservadores).

Al día de hoy, no está claro qué ganó el presidente con el indulto, más allá obviamente de no ser vacado. Para saberlo, tendremos que esperar a ver cómo reacciona el fujimorismo keikista en su día a día con el Ejecutivo. ¿Lo seguirán tratando con rigor, por ejemplo, en la Comisión Lava Jato? ¿Le otorgarán las facultades solicitadas? ¿Aprobarán por insistencia las leyes que el Ejecutivo ha observado? Y también deberemos aguardar a ver cómo reaccionan los ministros que no supieron de la decisión antes de que sea tomada.

El presidente muy probablemente está gobernando estos días sin saber con quién podrá contar. Pero tampoco sabe exactamente con quién cuenta. Recordemos que la “vieja guardia” fujimorista fue vetada en su mayoría de integrar la lista congresal. Muy pocos congresistas de Fuerza Popular están inscritos en el partido (los demás son invitados). Y si Alberto Fujimori empieza a mover piezas en el ajedrez político, aún no se sabe cómo reaccionarán congresistas como Luz Salgado, que formó parte de su gobierno.

Para nadie es un secreto que la ansiada gobernabilidad requerida por el presidente no iba a ser hallada a través de Keiko Fujimori, quien, según fuentes confiables, muchas veces ni siquiera ha respondido las llamadas del propio presidente. Si esta no era una vía, y tampoco lo era el antifujimorismo, considerando la mayoría congresal de Fuerza Popular, la única opción lógica –aunque moralmente muy cuestionable– era la adoptada: intentar romper al fujimorismo vía Kenji Fujimori y lanzar al keikismo una rama de olivo imposible de no recoger. En las próximas semanas tendremos más respuestas.

*El autor fue viceministro de Gestión Institucional del Minedu del gobierno actual

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