La proeza de mi gato, por Pedro Suárez-Vértiz
La proeza de mi gato, por Pedro Suárez-Vértiz

Todos saben que soy un fiel amante de los animales. Actualmente tengo solo dos gatos –y eso es poco– porque siempre he tenido múltiples mascotas. Incluso, alguna vez tuvimos un prociónido –mamífero peludo y pequeño primo del mapache–, de hocico alargado y muy parecido a un oso hormiguero. Mi papá usaba pelo largo y barba. Así que cuando paseaba al animalito, denominado coatí, la gente los miraba como si vinieran de Transilvania. Pero el coatí era cariñoso y experto en sacar lombrices –y demás bichos con su puntiagudo hocico– de cualquier lugar del parque El Olivar o jardín vecino. Las viejitas salían corriendo pero los niños lo amaban.

Cualquier animalito, hasta ese, es una gran compañía y se convierte en un familiar más sin que te des cuenta. Tanto que en mi hogar de infancia los cachorros fueron todos hijos del perro anterior. Nos encantaba la idea de preservar la saga canina. Kiwi, mi cocker spaniel negro de pecho blanco, era hijo de Kusi, que a su vez fue hijo de Kani, nuestra primera perrita. Por ello también mi historia con los gatos va desde que era soltero. Siempre gato tras gato. Hasta que, ya de casado, conocimos y adoptamos a Gino en un albergue. Así conocí a los hermosos gatos plomos. Son llamados cartujos, rusos azules o korats. La denominación exacta es mínima y depende del color de ojos y la contextura corporal.

Nuestro gato Gino nos acompañó por 14 años hasta que enfermó de viejito, no sin antes darnos una camada de gatitos plomos con una gata que trajeron. Todos fueron rápidamente repartidos entre mis amigos. Siempre le hacemos seguimiento a cada uno de los hijos de Gino, incluso hasta hoy que ya tienen casi tres años. Obviamente me quedé con uno de sus hijos y se llama Jimi. Un gato macho cariñoso, hablador e igualito a su padre. Pero por la falta de tiempo de Jimi para estar con cada miembro de mi familia, mi esposa consiguió que un amigo suyo le regale una hembrita de la misma raza para que haya gato para todos. Porque acá se los pelean para hacer siesta o ver una película acurrucándolos. Así que adoptamos a Lucy. De ellos nació una parejita de gatos plomos que nos dieron su primera camada hace un año aproximadamente. Mi esposa ayudó en el parto. Lucy tuvo cinco crías e increíblemente todas fueron hembritas.

Desde antes de nacer ya todas tenían dueño. También les hacemos seguimiento a las gatitas hasta el día de hoy vía Facebook o Whats- App. Pero hace dos meses tuvieron que operar a Jimi para que ya no tenga más crías porque estaba marcando mucho territorio ensuciando. En todos los años que he tenido mascotas nunca castré a ninguna. Simplemente no pasaba por mi cabeza. Pero entendí que era lo más responsable. Finalmente se lo llevaron al veterinario y regresó capado. Estuve en shock por varias semanas. Mi gato estaba incompleto. Me dolió mucho. Ya ni pensar en continuar la saga familiar de mi felino, como era mi filosofía. Solo de pensar que Lucy ya no iba a tener gatitos que nos acompañen mientras crezcan, y que luego se vayan a sus nuevos hogares, me generaba tristeza.

Pero este mes Lucy empezó a engordar y engordar y como un regalo de Dios para mí, ella está embarazada. Ahora está en la dulce espera gracias a Jimi, que guardó en alguna parte de su cuerpo algunos pocos espermatozoides residuales de la operación. No solo voy a tener mininos merodeando mientras escribo y estoy en casa, sino que estamos seriamente pensando en quedarnos con un gatito más. Creo que la compañía de uno o varios animalitos es una terapia de amor infalible. Recomiendo a todos que lo consideren. Ellos dan sin esperar nada a cambio. Así, mi gato heroico Jimi me hizo feliz esta semana.

Esta columna fue publicada el 26 de noviembre del 2016 en la revista Somos. 

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