Quererlo todo, por Pedro Suárez-Vértiz
Quererlo todo, por Pedro Suárez-Vértiz

Últimamente es muy difícil encontrar fanatismo hacia algún joven peruano dedicado al arte. La mayoría de músicos nuevos en el país, por nombrar el rubro artístico que domino, no son considerados por el resto de sus compatriotas. Es duro, realmente triste y preocupante. Porque la evolución cultural de una sociedad se sostiene en la continuidad de sus gestores. Sean intelectuales o artistas. Pasándose la posta creativa de generación en generación de manera notoria, detectable y, si se puede, mediática. Es decir, y como me pasó a mí, un músico debería escuchar el rock nacional de hoy y sobre ello inspirarse para crear algo novedoso. Luego lo suyo inspirará a la siguiente generación y así sucesivamente. Pero el vacío histórico actual, por la total ausencia de canciones nuevas, está matando ese proceso, generándose el infértil círculo vicioso del foja cero. No es posible que las dos últimas bandas difundidas en radio hayan sido Mar de Copas y Libido.

La verdad no entiendo cómo yo pegué. Aunque en su momento me parecía entendible por tener canciones que gustaban mucho. Pero luego veo tanta gente talentosa a la que nadie le da bola y pienso que sí, realmente tuve suerte. Me pasa por la mente todo el tiempo. Pero no quiero cansarlos los con esta preocupación reiterativa alrededor del bloqueo a nuestros nuevos talentos.

Regresar al consejo de amigo sigue siendo lo más tranquilizador de mi parte, y eso intento. A veces queremos tenerlo todo para triunfar. Cuando más fácil es ser triunfante con lo que nos toque. Suena trillado, lo sé, pero ese es el punto de partida de muchas grandes carreras artísticas. Como dicen los gringos: “Piensa en grande, empieza de abajo y ahora mismo”. Para mí, la fe te da la óptica correcta de la vida permanentemente. Porque es lo único que puede eliminar los obstáculos mentales, como el temor o la culpabilidad. Eso es avanzar correctamente.

Hay otras opciones, obviamente, para verlo todo lindo –como el generar endorfinas con el deporte o enamorarse, sobre todo en los inicios–, pero todo eso es cíclico. Tener un instrumento nuevo y tocar con tus amigos también te hace soñar. Te embelesa. Pero recuerden que eso es solo tener la indumentaria. Es como regalarle el uniforme completo del Barcelona a tu hijo, con chimpunes y pelota, y no esperar que sueñe con ser un Messi. Ustedes dirán que lo siguiente es la academia de fútbol, pero hasta eso diría yo que todavía es solo parte de la indumentaria.

Nadie les habla de los negocios, los contactos y, sobre todo –como expliqué en el artículo de Ringo Starr (Somos 1550)–, la aparición de la circunstancia. Hay muchos factores frívolos e invisibles al ojo del soñador. Pero eso se lo dejo a mi mánager. He ahí un buen tip. He participado diseñando una radio de apoyo a la nueva música nacional. Haciendo lo que buenamente pueda por crear esas ‘oportunidades’ para nuestros nuevos talentos. Dándoles un poquito de exposición. Aunque la fama –ser conocido– no es lo importante, sino la popularidad: ser querido. Colando la vida, no queda lo que brilla sino lo que acompaña. ¿La belleza en el arte? Pues es solo el broche de oro. No hay canciones buenas o malas. Ese es un mal discernimiento. La verdadera diferencia es que hay canciones con vida y otras que no la tienen. Lo que llevas adentro no debes perderlo ni dejar de transmitirlo a tu descendencia o a tus seguidores.

La riqueza humana parece no tener resultados en el mundo del poder y la codicia. Pero sí trae resultados eternos en el mundo del arte de verdad. Por ejemplo, la admiración, el aprecio y el eterno cariño de quienes te conocen y deciden seguir tu obra. Esa conexión es lo que hace inexplicablemente agradable a una canción. En consecuencia, a tu repertorio, y finalmente a ti.

Esta columna fue publicada el 10 de setiembre del 2016 en la revista Somos.