"Nosotros en cambio las estamos usando para destruirnos. Ya no somos capaces de superar ni siquiera a un arbusto". (Ilustración: Giovanni Tazza)
"Nosotros en cambio las estamos usando para destruirnos. Ya no somos capaces de superar ni siquiera a un arbusto". (Ilustración: Giovanni Tazza)
Patricia del Río

Periodista

Hablar. Decir mamá, con apenas unos meses de nacido para identificar a ese ser que se encarga de mantenernos vivos. Poder pedir agua y luego construir frases para explicar nuestra frustración o nuestra perplejidad ante el mundo. Dejar absorta a una multitud con un discurso, recitarle un último poema a un ser querido… Solo el lenguaje humano, esa herramienta que nos fue dada por la naturaleza o Dios, ustedes elijan, nos permite la maravilla de crear lazos. De convertirnos en seres sociales. Ningún sistema es tan versátil que le permita a otro ser vivo asegurar su supervivencia con un simple “Cuidado”, o a escribir algo tan bello como: “Te ofrezco esa parte de mí mismo que he guardado, de algún modo; ese corazón central que no comercia con palabras, no trafica con sueños, y que permanece intocable para el tiempo, el placer y las adversidades”.

PARA SUSCRIPTORES: Simulación y humanidad creativa, por Carmen McEvoy

Pero esa misma herramienta que construye, puede destruir. Esa capacidad para unirnos que nos ofrecen los sonidos articulados que compartimos pueden ser la fuente de todos los malentendidos. O la tumba de todas nuestras aspiraciones. Hoy la palabra ha perdido valor. Hay mucha gente usando herramientas tecnológicas que, en lugar de conseguir que nos comuniquemos más rápido y masivamente, ha envilecido esa habilidad que nos colocaba como la especie más poderosa del planeta.

Cuando empezó a desarrollarse la comunicación a través de correos electrónicos, mensajes de texto, chats; los lingüistas analizaron un hecho interesante: la escritura, el espacio reservado a la formalidad, regido por criterios normativos de ortografía y gramática, empezaba a oralizarse. Los memes, emoticones y elementos gráficos nacían para trasladar a la escritura lo que se expresaba mejor con el lenguaje hablado. Con el tiempo, sin embargo, parece haberse creado un nuevo código infame en el que nuestra necesidad de expresar nuestras emociones y pensamiento crítico se han reducido a un pantallazo. Hemos renunciado al diálogo para resumir nuestras ideas, cada vez menos elaboradas y más salvajes, a 140 caracteres, a 280 letras acompañadas de emojis que reemplazan un civilizado “¿me puedes explicar lo que acabas de decir?” por una carita amarilla arrojando un vómito verde.

Alguien, con justicia, podría asegurar que no hay ningún problema, que ese es el lenguaje de las redes sociales, que así es ese mundo. Y efectivamente no tendría por qué alarmarnos que un argumento sea reemplazado por un dibujito de un mojón, si esa rudeza no estuviera invadiendo ya todas nuestras formas de comunicación. Si no tuviéramos que escuchar un debate en el Congreso, sobre temas fundamentales de nuestra democracia, expresados en discursos elaborados con la misma seriedad con la que un adolescente comenta un video porno en Internet. Si no tuviéramos que enterarnos de que entre el presidente y su entorno las palabras revelan una falta de respeto y de liderazgo arropadas por la falsedad y el ocultamiento. Si no tuviéramos que asistir a nuestro comportamiento como ciudadanos, todos los días, en las calles y en las redes, en el que acompañamos nuestra ira con cachetadas y escupitajos.

Peter Wholleben cuenta en su libro “La vida secreta de los árboles”, que cuando una jirafa se va a comer los brotes de las acacias, estas envían a sus hojas sustancias tóxicas con un desagradable olor que ahuyenta a las cuellilargas. Pero no contentas con eso, las acacias además emiten un gas para advertirles a sus congéneres que empiecen a apestar, porque el peligro se acerca. Este proceso u otros similares se repiten en los bosques con mucha frecuencia: los árboles usan su propio “lenguaje” para protegerse. Para asegurar su supervivencia. Usan las herramientas que la naturaleza les dio para sobrevivir.

Nosotros en cambio las estamos usando para destruirnos. Ya no somos capaces de superar ni siquiera a un arbusto.

TAGS RELACIONADOS