Reír lo nuestro, por Alexander Huerta-Mercado
Reír lo nuestro, por Alexander Huerta-Mercado
Alexander Huerta-Mercado

Antropólogo, PUCP

Podría ser un récord mundial: el programa “Trampolín a la fama” duró tres décadas en el aire, sin renovar su entrañable elenco, en un set que parecía un bricolaje de publicidad y manteniendo buenas cifras de ráting. Cuando el mítico conductor Augusto Ferrando anunciaba una publicidad, era impresionante su velocidad mental para hablar, por ejemplo, de una cocina que “te duraba hasta que te la roben” o para anunciar una marca de cerveza que, al tomarla, “la penúltima es mejor que la primera”.

Cuando un concursante era elegido, el público pedía, cual circo romano, que el ingenioso conductor le ponga un apodo gritando al unísono: “¡Chapa, chapa!”. Generalmente los apodos eran construcciones que no tenían mucho sentido, pero que hacían estallar de risa a la concurrencia: “Faquir de pantano”, “pericote goloso”, “calavera de gallo”. Durante la década de los ochenta, con tantos toques de queda, era común pegarse los sábados al televisor y continuar la maratón de humor con el programa “Risas y salsa”, que a partir de pequeñas obras costumbristas –ahora llamadas sketches– se había convertido en un espacio de auto burla. Lucho Peirano y Balo Sánchez León analizaron estos espacios televisivos como intensos carnavales donde poníamos en escena la risa que nos generaba no coincidir como sociedad, con los patrones de belleza, puntualidad y honradez que nos correspondía como supuestos occidentales. 

Los invito a que hagan el experimento de ver una reunión de amigos o un espacio público lleno de grupos de personas y descubran cómo, de manera casi permanente, se manifestará una carcajada, o cómo al despedirse las personas suelen hacer comentarios que dejan sonriendo o riendo al interlocutor. El humor, creo, es parte inherente de la cultura urbana peruana, y pienso que entender por qué y qué nos da risa podría ser una buena forma de entendernos como sociedad.

Existen tres teorías principales sobre el humor y la primera tiene dos mil quinientos años y está a cargo nada menos que de Aristóteles. En el primer libro de “Poética”, se plantea que el humor es una vía de humillar a otros mostrando superioridad. De ahí nuestro escritor se centra en el género de la tragedia y promete retomar el tema de la comedia en un segundo libro. Lamentablemente el segundo libro de “Poética” se ha perdido, pero bastaría darnos un paseo por los anfiteatros públicos de Lima para confirmar la perspectiva aristotélica. 

Mientras en el ‘stand up comedy’ tradicional el comediante se burlaba de sí mismo en un monólogo intimista, en nuestro medio es usual que el cómico de la calle integre a su público y se burle de cualquier particularidad. A su vez, es común en los programas cómicos populares escuchar los ya mencionados apodos que ahora han pasado a ser “perfil de uña de cóndor” o “peinado con lengua de gato”. Lamentable es que este humor nutra las interacciones agresivas en el plano público, como lo es en el acoso callejero y en la matonería escolar. Por si fuera poco, en las campañas electorales, humillar al rival con frases ingeniosas que quedan grabadas en la memoria colectiva pareciera ser ya una tradición política.

Bastó con que Aristóteles no le diera suficiente crédito al humor como para que tuvieran que pasar más de dos milenios hasta que otro autor le diera la importancia que merecía. En “El chiste y su relación con el inconsciente”, publicado en 1905, Freud encontraba en el humor una suerte de válvula de escape a los aspectos reprimidos en la sociedad. Así pues, aquellos aspectos de la vida de lo que tenemos vergüenza o miedo salían de manera impune e inocente a través del humor. 

Como lo explica Gonzalo Portocarrero en su análisis sobre el personaje de la China Tudela, en una sociedad democrática el racismo es censurado y encuentra –entre otros medios– al humor como una forma de fluir de forma inocente e impune. Lo mismo podemos decir con todo lo referido al machismo, al erotismo y, muy particularmente, a la agresividad. Por ejemplo, los insultos callejeros que parecen ser justificados con que uno no entienda que es “solo un chiste”. 

Es impresionante confirmar cómo la frágil masculinidad que nos acompaña en Latinoamérica necesita, para afirmarse, el comentario burlón, agresivo u homofóbico que suele ser espacio de muchos comentarios callejeros.

Hasta aquí el humor es una radiografía de nuestra sociedad. Dejando de lado esa tendencia a la matonería y al gusto por la humillación, no podemos dejar de reconocer que reírnos juntos es formar comunidad y es una manera extraordinaria de nutrir nuestras interacciones. El hecho de que la sociedad haya optado por convertir a la seriedad en el nivel cero de lo normal debe hacernos valorar aun más el humor como algo extraordinario.

En 1790, en un pequeño párrafo de “La crítica del juicio”, Kant asocia el humor a la transformación repentina de una expectativa. Es decir, la sorpresa que rompe con nuestra capacidad de predecir nos genera risa. De ahí que el tortazo repentino en la cara, los accidentes caseros en You Tube, los memes con frases que contradicen a la imagen y las imitaciones políticas nos den risa.

Humillación, válvula de escape y sorpresa han sido los elementos que han caracterizado al humor y la risa en distintas teorías. Pero hay más. Hace unos meses conversamos con el genial Pablo Villanueva, ‘Melcochita’, conocido en el Perú como comediante y en el mundo como sonero. Don Pablo nos comentaba que el ritmo (a él le gustaba llamarlo swing) podía contextualizar una frase de tal forma que cambiase totalmente su significado o virase de agresión a broma. 

Dándome un ejemplo, me mencionó un apodo que técnicamente era una metonimia: “Mi estimado… ceja de perro…” Atiné a ensayar una sonrisa tipo Mona Lisa, es decir contradecir mis ojos entrecerrados con mis labios apenas sonrientes, y me quedé pensando varias cosas, entre ellas si me había puesto el apodo a mí. Más tarde, en Internet, confirmé dos cosas interesantes, que tanto la Mona Lisa, como los perros en general… no tienen cejas. Me reí de mí mismo.