El reloj girando al revés, por Hugo Coya
El reloj girando al revés, por Hugo Coya
Hugo Coya

Periodista

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca; la derrota del No al proceso de paz en Colombia; la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea e incluso la reacción intolerante de algunos sectores al drama de los shipibos-konibos en Cantagallo lucen como hechos inconexos, aunque en el fondo no lo sean: todos parecen mover las manecillas del reloj en el sentido contrario a la dirección en que iba la historia.

El acontecimiento más reciente provoca una mayor conmoción por sus implicancias planetarias. Los blancos pobres del país más desarrollado del mundo salen de sus casas miserables, voto en mano, a reclamar por qué el progreso globalizante ha hecho que pierdan sus empleos; por qué los chinos o japoneses fabrican sus automóviles o los dominicanos sus ropas; por qué el estado de bienestar que poseían forma ahora parte de su pasado. Encarnan su protesta en la elección de un millonario sexista, homofóbico, xenófobo, exhibicionista, quien consigue, con un lenguaje procaz y altisonante, desde su lujoso rascacielos en Nueva York, sintonizar en forma medular con la indignación de esos desplazados por el progreso.

La candidata del ‘establishment’, la segura ganadora, la integradora de la sociedad, prueba el desasosiego de una derrota no pronosticada. Estados Unidos pasa de ser gobernado por un ciudadano de raza negra que encandila a progresistas y liberales a uno de raza blanca que recibe apoyo del Ku Klux Klan, que desea levantar muros y que provoca escalofríos en gran parte del orbe.

Al grito de “Not my president!”, las protestas se multiplican en las ciudades estadounidenses; los británicos intentan avizorar el porvenir sin el puente que los unía a Europa; los colombianos buscan alternativas para que la muerte no vuelva a ser una rutina; los shipibos-konibos tratan de resurgir desde las cenizas, despertando solidaridades inconmensurables y también expresiones de desprecio por el hecho de no haber nacido en Lima y aspirar a una vivienda digna sin contar con el dinero para ello. 

La sorpresa domina la escena. Se ensayan múltiples explicaciones. El mundo globalizado, el mundo sin fronteras comerciales, el mundo de las redes sociales que derrumba los provincianismos nacionales está en jaque. El statu quo se tambalea.

El mundo hiperconectado, hiperformado, hipersolidario, multimediático luce como una mera ilusión. Los medios de comunicación, las encuestas, los opinólogos que habían asumido sus propias ansias y la predictibilidad del orbe globalizado como el norte de sus pronósticos y análisis enfrentan el dilema de explicar lo que, para ellos, también resulta inexplicable.

El 2016 consigue pasar a la historia como el año del freno feroz de la utopía que une y reúne cada vez a la humanidad para retrotraernos, en forma escalofriante, a una época anterior a la caída del Muro de Berlín, a la Guerra Fría, al eje Norte-Sur, a las superpotencias. Triunfa el miedo al diferente, el nacionalismo sobre el cosmopolitismo, la añoranza de la pureza ortodoxa sobre el multirracismo, la nostalgia de la cultura inmaculada sobre la pluriculturalidad, las islas sobre los continentes.  

Los mercaderes de la guerra se frotan las manos; los especuladores del oro y las bolsas saborean ya el bocado que aguardan devorar; el marginado por el modelo se siente reivindicado y las predicciones se tornan apocalípticas. Menos acogida a los distintos; menos derechos a los marginados; menos civilización; más beligerancia; más guerras; más barbarie.

Internet y las redes sociales, transformadas en el eje principal de la globalización, desnudan falencias. Queda demostrado que el mundo real puede ser mucho más ajeno al virtual de lo que se esperaba; que los ‘trolls’ pueden no serlo tanto, apenas también personas disconformes con los pensamientos de los otros y con el rumbo que estaban tomando los acontecimientos.

Los algoritmos son descifrados para demostrar que las redes están creando burbujas virtuales que nublan la percepción del mundo al recomendar que entremos en contacto o nos relacionemos apenas con personas con intereses parecidos a nuestro perfil o historial de búsqueda, dejando de lado a quienes no queremos ver ni oír.

Queda al desnudo que las personas se están vinculando cada vez más solo con aquellas con ideas, visiones, estatus similares y dejan fuera de sus piscinas privadas a quienes son distintas, haciendo que nos olvidemos que existen otras diferentes, que también forman parte de la misma ciudad, del mismo país, del mismo planeta. Si piensa distinto a mí, no existe o debe ser sustituido, reemplazado o, peor aún, eliminado.

Así, conocer qué hay más allá de nuestro ambiente se torna más difícil y la comprensión más ajena. Las élites urbanas se vuelven más elitistas y dependen cada vez más de las aplicaciones de sus celulares que de su capacidad para interrelacionarse espontáneamente con el entorno o de tratar de entenderlo, salvo que sea usando Uber para conseguir un transporte seguro, Waze para llegar más rápido a su destino o sexo ocasional a través de Tinder o Grindr.

Quizás sea tiempo de preguntarse si el mundo había cambiado realmente o solo demasiados quisieron creerlo. Los acontecimientos de este año nos recuerdan que los autoritarios o marginados nunca desaparecieron ni tampoco los odios ni los viejos temores. A lo sumo, cambiaron de nombre, de rostros, de escenarios, de ropa o color de piel, pero permanecieron allí escondidos en las casas ahora incendiadas de Cantagallo a pocas cuadras de Palacio de Gobierno o en las zonas rurales de Michigan.

En un panorama incierto, lo único cierto parece ser que la historia nunca retrocede y, aunque las manecillas del reloj chasqueen para hacernos estimar lo contrario, nada será para siempre. El problema es que ese ‘para siempre’ se esfumará como todo en el recorrer del mundo sin que antes el futuro inmediato se transforme en una realidad palpable, sufrible y devastadora. Bienvenidos a la era de la pos-globalización.