“Una estrategia antipobreza, más que un reparto de recursos a una lista predeterminada de 'pobres', debería reforzar y apoyar el esfuerzo general de una sociedad para asegurarse contra las múltiples contingencias de la vida”. (Foto: Archivo).
“Una estrategia antipobreza, más que un reparto de recursos a una lista predeterminada de 'pobres', debería reforzar y apoyar el esfuerzo general de una sociedad para asegurarse contra las múltiples contingencias de la vida”. (Foto: Archivo).
Richard Webb

Director del Instituto del Perú de la USMP

Los pobres estarán siempre entre nosotros, dijo Jesús, y 2.000 años después comprobamos el acierto del vaticinio. La pobreza se ha reducido sustancialmente, pero el sufrimiento que produce la penuria no ha desaparecido, ni aun en países ricos. En el Perú, recibe más atención que nunca, estimulado por encuestas anuales que son fotos estadísticas de la “pobreza extrema”, un lastre humano cuya persistencia constituye una mancha, hasta refutación, del progreso tecnológico y económico. La imagen que nos produce esa terca continuidad es la de obstáculos muy grandes, “estructurales”, que atrapan al pobre y que solo pueden ser vencidos por una reingeniería de la arquitectura social, reformas con mayúscula, cualquiera que sea su color político. De no producirse un fuerte giro de timón político, se cree, el pobre seguirá atascado allí donde vive. Con ese criterio, se justificó una reforma agraria hace medio siglo, y la misma idea sustenta la propuesta de una radicalización de medidas promercado. Al pobre, decimos, hay que levantarlo desde afuera, sea con la mano izquierda o la derecha.

Se trata de una lectura que tiene mucho de ilusión creada por los políticos. Pero la pobreza no es tan desvalida, ni son tan necesarias las soluciones tremendistas. Mi opinión se basa en un video, una evidencia hasta ahora poco publicitada.

Es que, además de la foto anual de los pobres que presenta el INEI, que recibe harta atención en los discursos políticos, desde hace varios años el INEI le sigue la vida a un “panel” de familias en todo el país. En efecto, un “video” que nos obliga a repensar la pobreza.

La revelación más impactante de ese video es que la pobreza extrema no es una condena. Así, de los 1.689 hogares cuyas vidas fueron observadas a lo largo de cinco años entre el 2014 y el 2018, 195 padecieron esa condición en algún momento, pero solo 9 de ellos –menos del 1%– sufrieron pobreza extrema continua durante los cinco años. El caso más común, de lejos, fue estar en pobreza extrema durante un año. Más que portón de calabozo, el acceso a la condición de pobreza extrema sería una puerta revolvente.

¿Quién los sacó del hoyo? ¿Y por qué otros cayeron en esa condición? Las respuestas pueden estar sugeridas por algunas características de esos hogares.

Lo que más destaca en el perfil de los hogares que conocieron un período de pobreza durante el quinquenio del estudio es que son hogares con importantes dotaciones de recursos, tanto de capital productivo, de conocimientos y de habilidades sociales. Casi todos poseían tierras cultivables y animales, con un promedio de 3,3 hectáreas y 24 animales diversos cada uno. El 84% contaba, además, con electricidad en sus hogares, y el 76%, con educación primaria completa. Esa diversidad de recursos explicaría, quizás, la aparente anomalía estadística de la alta proporción de hogares “pobres extremos” que poseen teléfono celular (74%) y cocina a gas (42%). Según la definición del INEI, el ingreso del pobre extremo es insuficiente siquiera para la mínima alimentación de sobrevivencia física.

Esos niveles de posesiones estarían reflejando una alta variabilidad y temporalidad del fenómeno de pobreza. Más que un grupo definido de hogares, la pobreza temporal sería una posibilidad común para gran parte de la población que, sin estar en pobreza, se encuentra expuesta a contingencias que pueden reducirla a esa condición. Una estrategia antipobreza, entonces, más que un reparto de recursos a una lista predeterminada de “pobres”, debería reforzar y apoyar el esfuerzo general de una sociedad para asegurarse contra las múltiples contingencias de la vida. Un ideal que es fácil de decir, pero difícil de realizar. En todo caso, el punto de partida debe ser un mucho mayor conocimiento de las vidas de los que quisiéramos proteger, en particular los recursos y mecanismos de defensa que ellos mismos han creado.

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