(Ilustración: Giovanni Tazza).
(Ilustración: Giovanni Tazza).
Luis Millones

Antropólogo

“Hay que ir a triunfar al Mundial. Venceremos a todo rival”. Son muchos años que se escuchan canciones como esta, despertando una esperanza que resulta ser el refugio momentáneo de las frustraciones diarias. ¿Hay realmente alguna posibilidad de que triunfemos en una Copa Mundial de Fútbol? ¿De que al menos quedemos entre los cuatro primeros lugares?

Supongo que lo del repechaje es posible. En Nueva Zelanda, los deportes más populares son el rugby, cricket y netball, que no se parecen en nada a nuestro fútbol. El deporte que practicamos –que también se juega en tan lejano país– es por allá un quehacer amateur que llevaron los ingleses. Pero su selección no será un rival fácil. Y no por su capacidad futbolística, sino por lo débil que es el equipo nacional.

Si tenemos el estómago suficiente como para volver a ver los últimos minutos del partido contra Colombia, podríamos comprobar que en el centro de la zaga nacional hay muchas diferencias entre el casi siempre lesionado Alberto Rodríguez y Christian Ramos, que es un rechazador de pelota sin noción de pase. No en vano Ricardo Gareca ha poblado el mediocampo con gente joven, para que puedan volver a la carrera a cubrir los vacíos de la defensa y lograr empates. Esa es la especialidad del equipo peruano, ya que la delantera se ha reducido a un solo hombre que esta vez no podrá jugar: Paolo Guerrero. El entrenador argentino nunca se animó a apoyarlo con Raúl Ruidíaz, para no perder un mediocampista. En el arco está Pedro Gallese, pero los milagros no suceden todos los días.

Hace ya varios años tuve la fortuna de entrevistar a don Cornelio Heredia, quien fuera capitán de Alianza Lima y de la selección nacional en la década de 1950. El Fondo Editorial del Congreso me encargó (junto a dos notables colegas, también aliancistas) que para celebrar los 100 años del club escribiésemos un libro-homenaje, tarea que aceptamos con mucho gusto.

No fue fácil concertar el encuentro con quien fuera estrella indiscutible del mediocampo de la selección. Mi llamada telefónica la respondió con mal humor, agregando que “los periodistas solo dicen cojudeces”. Cuando intenté explicar que no trabajaba en ningún diario, y que se trataba de un libro, me respondió: “Es la misma vaina”, y colgó.

Pero aunque él no lo supiera, muchos años antes habíamos tenido un encuentro en el viejo Estadio Nacional, cuando aún era de madera. Yo había sido uno de los chicos de 8 o 10 años que pugnaban por llevar el maletín de los jugadores para entrar gratis a ver los partidos, y alguna vez tuve la suerte de llevar el suyo. Lo que quiero decir es que no había forma de que perdiera la oportunidad de volverlo a ver.

Insistí con su familia y una de sus hijas me contó que don Cornelio iba con cierta regularidad al local de Alianza Lima. Allí era recibido con veneración y se sentaba en una pequeña sala para leer los diarios, conversar con la gente del club o, simplemente, disfrutar de sus recuerdos.

Preparé la emboscada y lo sorprendí diciendo: “Yo lo he visto jugar”. Heredia, se enfureció aún más: “No diga mentiras”. Le recité entonces la formación del Alianza Lima del que había sido capitán. Persistió su duda: “Eso lo ha leído. Ahora me va a decir que yo era ‘El Brujo’, como ponían en los periódicos”. Yo estaba preparado para esa última pregunta: “No. Usted es ‘Chocolatín’ Heredia”. Su expresión cambió, pero con el gesto todavía serio se puso de pie y me dijo: “Vamos por unas cervezas”. Y gané la entrevista que todavía me enorgullece.

No tenemos un mediocampista con tantas virtudes. Y aunque en selecciones anteriores hemos visto en la cancha a jugadores notables, esta vez Edison ‘Orejas’ Flores, Christian Cueva o Renato Tapia, teniendo las cualidades que todos reconocen, no dominan el terreno como para quitarnos el susto que nos acompaña cada vez que vemos jugar a la selección.

Felizmente no jugaremos con siete hombres en una cancha del tamaño de las de básquet, como los que practican el netball neozelandés (que posiblemente fue lo primero que jugaron los que ahora son parte de la selección rival). Dudo de que Jacinda Ardern, la primera ministra de Nueva Zelanda, se preocupe en mostrar interés por su selección de fútbol y vaya al estadio. O que su soberana, la reina Isabel II de Inglaterra, encienda el televisor para ver a esos remotos súbditos.

La angustia la viviremos los peruanos, cuando la selección juegue en Wellington el próximo viernes. Y luego, cuando el 15 de noviembre podamos ver la pelota rodar en nuestra patria, viviremos el encuentro con las esperanzas de siempre, a pesar de los años de desencanto. Tendremos que soportar incluso a los curanderos de medio pelo y sus improvisadas “mesas”, o a los seguidores de Ezequiel Ataucusi, que suelen mostrarse haciendo propaganda de sí mismos, como profetas de una victoria, hasta ahora inalcanzable, que nos asegure el repechaje.

Pero en algo tienen razón aquellos que acabo de nombrar: es momento de recurrir a lo sobrenatural. Me dicen algunos amigos que San Judas Tadeo es patrón de los imposibles, alguna vieja conocida prefiere poner de cabeza la imagen de San Martín de Porras, o bien recurrir a San Ramón Nonato y atarlo con una cuerda muy ceñida (“si no gana la selección peruana, no te desato”). Hay otras opciones, recuerdo que mi abuela prefería rezar a las “ánimas benditas del purgatorio”.

Quizá alguno de estos sortilegios funcione. No quiero que mis nietos vean otro mundial sin la participación peruana, o que tengan que aprender otra canción dedicada a jugadores que no llegaron a Rusia o cualquiera que fuese el país anfitrión. Otra vez resuenan en mis oídos esas letras que terminaron siendo tan huecas como mis esperanzas: “Perú campeón, es el grito que repite la afición”.

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