“No es nada aceptable que se esgrima la espada de la 'libertad de pensamiento o expresión' cuando las actitudes y acciones machistas escondidas son las que producen tanto sufrimiento en el país”. (Ilustración: Giovanni Tazza).
“No es nada aceptable que se esgrima la espada de la 'libertad de pensamiento o expresión' cuando las actitudes y acciones machistas escondidas son las que producen tanto sufrimiento en el país”. (Ilustración: Giovanni Tazza).
Javier Díaz-Albertini

Sociólogo y profesor de la Universidad de Lima

Los en una conversación privada por el entonces presidente de Petro-Perú causaron bastante revuelo. En el audio interceptado, el hoy exfuncionario cuenta lo siguiente sobre su conversación con la ministra de Economía: “[...] yo voy y le digo, puta, se te cae toda la mierda, cojuda, si no me das plata, vas a quedar como responsable”. La mayoría de las opiniones han criticado la forma y el contenido de las expresiones, especialmente el trato despectivo hacia la ministra.

En mi opinión, los términos son una muestra de un patético –pero a la vez alarmante– comportamiento, común en ciertas expresiones de la masculinidad. Y esto lo digo en dos sentidos.

En primer lugar, es un ejemplo claro de ‘mansplaining’ (‘machoexplicación’, véase Fundéu BBVA). Un fenómeno que ocurre cuando se explica algo a alguien de una manera condescendiente o paternalista, especialmente desde un hombre a una mujer. Una parte esencial de esta práctica es que no se toman en cuenta o se desvaloran los conocimientos y competencias de la interlocutora. Esta actitud es clarísima en la conversación grabada, especialmente al tratar a la ministra de “cojuda” por no darse cuenta de las consecuencias de su accionar.

En segundo lugar –y lo que es más serio– nos encontramos ante una forma de violencia machista exacerbada, sin duda, por las diversas crisis que sufre la masculinidad tradicional. El funcionario quiso darse de macho alfa que pone en su lugar a todos, especialmente a una mujer, aunque ella sea jerárquicamente superior. En el recuento de la conversación no hay ápice de diálogo, sino amenazas e insultos. En palabras coloquiales, quiso mostrar –al anónimo interlocutor– que se “le salió el macho”. Aunque lo narrado fuera fantasioso (es lo más probable), él necesitaba dejar en claro que su ego masculino no había sido mancillado. Nadie le hubiera creído este tipo de intercambio si el ministro fuera hombre. Y no lo digo por las lisuras –que son accesorias–, sino por la actitud despreciativa e insultante.

Es importante entender que estudios estadounidenses (Gallup, 2017) muestran que cerca del 20% de los hombres prefiere a un jefe hombre que a una mujer. Esto es una disminución enorme con respecto al 75% de 1953, pero todavía es alta y refleja la incomodidad de muchos hombres por estar bajo las órdenes de una mujer (“sacolargo”, “pisado”). Y no estoy hablando de varones de bajos ingresos y poca educación, sino más bien de las altas esferas del mundo corporativo. En Estados Unidos, solo el 5% de las 500 empresas más grandes tiene una CEO mujer y las mujeres solo constituyen el 22,5% de los directorios de las mismas.

El control masculino aún está presente, pero se encuentra en retroceso y el principal problema es que un sector significativo (¿mayoritario?) de los hombres no encuentra formas alternativas de definirse. Como escribió hace 20 años la periodista Susan Faludi, los modelos de masculinidad de la posguerra (1945) construidos sobre la base de trabajar duro, ser los únicos proveedores y reinar sobre la familia ya no tienen sentido, a pesar de que muchísimos varones aún son socializados bajo estos valores. En cambio, la mujer se ha abierto horizontes impensables hace solo 50 años: es una femineidad en efervescencia enfrentada a una masculinidad tradicional en plena involución.

El búnker de muchos de estos machos desafectados se construye en el espacio íntimo y privado. Por eso, la violencia doméstica trastoca la vida de más de dos tercios de las mujeres y de los menores de edad en nuestro país. De igual manera, el acoso laboral ocurre en la privacidad de la oficina del jefe y el académico en los cubículos del catedrático. Mientras que las violaciones y feminicidios, en la sala, comedor o dormitorio del hogar.

No quiero equiparar estos hechos a los desafortunados comentarios del expresidente de Petro-Perú. Tampoco puedo defender las escuchas ilegales. Pero no es nada aceptable que se esgrima la espada de la “libertad de pensamiento o expresión” cuando las actitudes y acciones machistas escondidas, lejos del escrutinio púbico, son las que producen tantos estereotipos, prejuicios, discriminación y sufrimiento en el país.