"Muchos congresistas no se han permitido dudar antes de tomar decisiones, o lo que es peor, han dudado, pero sin darle cabida a tomar mejores caminos para el país, porque primero han estado los intereses personales o partidarios antes que el bienestar colectivo". (Ilustración: Giovanni Tazza)
"Muchos congresistas no se han permitido dudar antes de tomar decisiones, o lo que es peor, han dudado, pero sin darle cabida a tomar mejores caminos para el país, porque primero han estado los intereses personales o partidarios antes que el bienestar colectivo". (Ilustración: Giovanni Tazza)
Jimena  De La Quintana

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Un gran amigo me enseñó que dudar no era malo. Que no tener respuestas no debía paralizarnos, sino que, por el contrario, debía ser visto como la posibilidad de encontrar soluciones que, sin la duda previa, no habrían llegado. Mi gran amigo también me enseñó que en el otro extremo están aquellas personas que pocas veces dudan, y que, por el contrario, buscan comprobar que sus ideas son las correctas, cerrando así la posibilidad de cambiar su forma de pensar y, por lo tanto, también la posibilidad de corregir en caso sus pensamientos no pudieran llevarlos a los resultados esperados. Incluso, llegan a insistir en el error.

No quiero decir que tener ideas claras no sea bueno, sino que nunca hay que negarse la posibilidad de estar equivocado. Pero, para eso, hay que escuchar a quienes no necesariamente piensan igual que nosotros. Cuando todo lo anterior se circunscribe a aspectos personales las consecuencias de lo que decidamos afecta a algunos, pero cuando ocurre en el ámbito público, ahí donde están nuestras autoridades y políticos, las consecuencias pueden afectar a un país entero.

Muchos congresistas no se han permitido dudar antes de tomar decisiones, o lo que es peor, han dudado, pero sin darle cabida a tomar mejores caminos para el país, porque primero han estado los intereses personales o partidarios antes que el bienestar colectivo. En los dos últimos que han acompañado a este gobierno de cuatro presidentes he escuchado a parlamentarios aferrarse a discursos que buscaban sustentar propuestas que se convirtieron en leyes y que la historia juzgará. Cero evidencia como fundamento, cero sustento técnico. Ahí está la formalización de taxis colectivos, el tope a las tasas de interés, etc. Desde el tampoco ha sido muy diferente cuando se insistió en medidas que no resultaron eficientes para controlar el en la primera ola.

La performance de nuestras autoridades daña seriamente la relación entre los peruanos y el . Hace un par de semanas en mi columna , compartí ideas sobre la gravedad en la que se encuentra esta relación y parte de sus causas, que no se deben solo a la forma deficiente en la que el Estado y sus instituciones funcionan, sino a la forma en la que sus autoridades actúan. Ambos fracasan a menudo en resolver los problemas del ciudadano. Esta desilusión de la gente se traslada al proceso electoral y al poco interés del peruano en el mismo, apoyado en la sensación de que los políticos que lleguen al poder no cambiarán nada, será más de lo mismo. El elector peruano es, en parte, producto de la desilusión de sus autoridades.

Pero en este país pocos dudan, pocos se cuestionan, pocos analizan, pocos examinan. Los políticos suelen rodearse de quienes les dan la razón o los adulan. Pocas decisiones se toman en base a evidencia, no se hacen reformas de fondo, se implementan soluciones de corto plazo que no resuelven problemas, en el mejor de los casos; en el peor, los agravan. Necesitamos políticos que duden con valor, que duden por el país y que dejen de buscar confirmar ideas o propuestas que lejos de avanzar nos llevan a retroceder. Prefiero a quienes duden con valor, que a quienes cobardemente se aferran a posiciones que no benefician al país, negándose a escuchar y a la posibilidad de cambiar el destino para bien.

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