Son los trabajadores privados quienes acceden menos a los servicios públicos de salud, debido a las largas colas de espera.
Son los trabajadores privados quienes acceden menos a los servicios públicos de salud, debido a las largas colas de espera.
Richard Webb

Director del Instituto del Perú de la USMP

Casi sin darnos cuenta, se ha producido un reseteo del hambre económico. Así, lo que parecía una lucha eterna por las necesidades físicas del cuerpo humano –alimentación, ropa, techo– ha dado lugar a un hambre de lo intangible, una búsqueda de satisfacción de las necesidades del alma o, por lo menos, de las emociones.

En las estadísticas, dicho cambio se encuentra representado en gran parte por la creciente producción de servicios y la reducción correspondiente en la importancia de los bienes físicos. Los economistas siguen asociando el desarrollo con la “industrialización”, una palabra que se usa como sinónimo del progreso. Sin embargo, desde hace medio siglo, en todo el mundo la producción de bienes físicos –trátese de la agricultura, la minería o la industria– se viene achicando como proporción de la economía, mientras que la producción de servicios intangibles aumenta. Los países del club de las naciones desarrolladas –la – dedican hoy el 70% de su producción a los servicios. Estados Unidos, que sigue siendo la mayor potencia industrial, solo dedica un 12% de su economía a la manufactura, mientras que los servicios contribuyen al 77% de su PBI. Incluso un país que sigue siendo pobre, como el Perú, dedica más de la mitad de su economía a los servicios.

La explicación se encuentra en la revolución tecnológica que ha permitido la masificación y el abaratamiento a niveles antes impensables de los productos industriales. Al mismo tiempo, la nueva tecnología aplicada en la agricultura ha producido un fuerte aumento en la producción de alimentos. También en la minería, nuevas tecnologías para extraer los minerales han convertido cerros inútiles en valiosas minas. Ese gran salto tecnológico, iniciado en el Reino Unido hace dos siglos y medio, se ha venido extendiendo por casi todo el mundo, elevando la producción de los bienes industriales y creando una histórica abundancia y abaratamiento de los productos físicos. Un resultado de esto ha sido la reducción sustancial en los niveles de la pobreza en el mundo.

Pero el resultado más paradójico ha sido la casi saturación de la demanda de los bienes físicos, y su creciente reemplazo por servicios. Cuando empezaba mi vida, artículos de uso diario como zapatos, camisas, lapiceros, libros, vajillas y muebles tenían un valor considerable en el presupuesto del hogar, incluso para la clase media, por lo que se valoraban, remendaban y cuidaban durante años. Hoy, el abaratamiento de los bienes ha dado lugar a la compra caprichosa, al uso descuidado y a una explosión de basura. Gran parte de lo que se compra es desechado rápidamente, multiplicando la necesidad de manejo adecuado de los residuos.

En el Perú, un quinto de la población padece un estado de pobreza; o sea, una insuficiencia de alimentos y otros bienes básicos para la sobrevivencia, de “productos” que se encuentran relacionados mayormente con la economía de los bienes. Pero el hambre prioritario que hoy siente la mayoría de la población consiste en un hambre de seguridad, salud, educación, transporte efectivo, buena comunicación, distracción, y la tranquilidad que viene con un estado justo y efectivo. Se trata de una “producción” que emana más bien de la economía de los servicios, un mundo no siempre bien entendido y con características y formas de organización que muchas veces difieren de las que asociamos con la producción en el campo y en las fábricas.

Además, la oferta de esos servicios o valores intangibles tiene un componente grande de autoproducción y de producción voluntaria o no remunerada, como es el nuevo mundo de la responsabilidad social. Para muchos, la economía de los bienes físicos es un mundo de esencia individualista y egoísta, pero la economía de los servicios, si bien en gran parte depende también de empresas capitalistas, exige además un mayor grado de participación propia, como es el caso de un buen sistema de transporte, o de buena salud, o del esfuerzo propio del estudiante, o de los vecinos que colaboran para su seguridad colectiva. Si es cierto que la economía de los bienes nos aleja del espíritu, quizás la nueva economía de los servicios nos acercará a la verdad que expresaba Jesús cuando dijo que “no solo del pan vive el hombre”.