"A través de comentarios y memes, sorprendía cómo todos, sin saberlo, teníamos el mismo reclamo. La atención a la salud mental ha sido invisibilizada, estigmatizada y poco promovida en nuestra sociedad". (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa)
"A través de comentarios y memes, sorprendía cómo todos, sin saberlo, teníamos el mismo reclamo. La atención a la salud mental ha sido invisibilizada, estigmatizada y poco promovida en nuestra sociedad". (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa)
Alexander Huerta-Mercado

Antropólogo, PUCP

Durante los rituales sagrados de la población Sioux, en Dakota, siempre llamó la atención la presencia de lo que se llama “payasos sagrados”, conocidos como heyoka: personas que entienden su destino al haber soñado con el pájaro de trueno y generan risa y reflexión en los momentos aparentemente más serios. Así, por ejemplo, se les ve caminando hacia atrás, haciendo todo lo contrario de lo que hacen los sacerdotes rituales, enunciando con mucha seriedad cosas simples e imitando con algarabía y risa acciones consideradas serias.

Pero no tenemos que ir muy lejos para encontrarnos con seres al mismo tiempo graciosos y sagrados que transitan de un aspecto a otro. Basta presenciar en la fiesta andina a personajes lúdicos que generalmente están cubiertos de pies a cabeza, enmascarados y misteriosos, hablando en falsete. Generalmente, estos personajes disfrazados abren el camino con sus látigos, indicando que la fiesta ha llegado y que el mundo se invertirá, y al mismo tiempo, mantienen el orden evitando que el público interrumpa a la comparsa de danzantes que acompañan.

¿Por qué el ser humano ha salpicado sus ritos más sagrados y sus historias con personajes que gustan de sembrar el caos?

La antropología ha buscado respuestas, tales como que el comediante sagrado reduce las tensiones propias que generan los aspectos sagrados de la cultura. Otras investigaciones sostienen que a través del humor se hacen evidentes aspectos inconscientes que se convierten en pensamiento o refuerzan conceptos. El humor genera mayor atención y, viendo la estructura social invertida por estos personajes, se hace más evidente. Por otro lado, al ser personajes humorísticos, tienen libertad de decir cosas que pueden pasar como solo bromas e infiltrar la verdad en ellas.

El antropólogo Paul Radin, estudiando la saga mitológica de los seres traviesos que bailan en casi todas las tradiciones humanas, los denominó ‘tricksters’, nombre sombrilla que abarca a los personajes graciosos que gustan de sembrar el caos, dar la contra a la lógica, hacer bromas y burlarse de los más poderosos.

El , o su traducción latina a Guasón, es uno de los más notables ‘tricksters’ contemporáneos. Sin tener más superpoder que una locura que lo hace impredecible y atrevido, con una historia de múltiples versiones y con ningún proyecto claro más allá de la anarquía, ha sido elegido por los amantes del cómic siempre como uno de los mejores villanos dibujados de la historia.

En 1940, los primeros cómics de “Batman” no tenían un villano recurrente y el destino del Joker iba a ser morir al finalizar su primera aparición. Sin embargo, el dibujante que diagramaba y hacía sketches, Whitney Elsworth, pensó que el príncipe payaso del crimen tendría mayor potencial y obligó a los autores a dibujar un panel con una ambulancia y un texto en el diálogo.

Me llamó la atención cómo el Joker había cumplido muy bien su función de ‘trickster’ al protagonizar una película que encarna un brillante Joaquin Phoenix. En un principio, como buen payaso sagrado, hizo notar algo que a lo mejor parecía invisible, pero que evidenció en su magnitud por la increíble cantidad de comentarios que se postearon en las redes sociales. El personaje generó una curiosa empatía. Hoy, una gran cantidad de personas considera que tiene alguna patología psicológica, difícil de expresar con palabras y, mucho menos, que pueda ser comprendida por el resto. A su vez llamaba la atención cómo una gran cantidad de personas sugería que comprendían en parte la sensación del personaje principal, al ser poco entendidos por una sociedad que les exigía ser ‘normales’, dentro de un ideal de normalidad que parece flotar en algún lado de la sociedad y que nadie tiene. A través de comentarios y memes, sorprendía cómo todos, sin saberlo, teníamos el mismo reclamo. La atención a la ha sido invisibilizada, estigmatizada y poco promovida en nuestra sociedad.

Pero no todo queda al nivel de la individualidad. Los memes con la imagen de escenas de la película, testimoniando con ironía la soledad de quien no se siente atendido por una sociedad normalizadora circularon formando una colectividad que se unía al reclamo con interesante autoironía.

En la trama de la película, un poderoso aspirante a alcalde de la ciudad sostiene que no le extraña que un criminal use el rostro pintado debido a su cobardía y su envidia frente a los que tienen fortuna y poder, para quienes estos delincuentes son solo payasos, dicho en un tono despectivo. El resultado es que los desfavorecidos ciudadanos comienzan a hacer marchas contra el poder desigual con máscaras de payasos. Esta semana, en las importantes protestas de Chile, hemos visto no solo las mismas máscaras, sino el grafiti que invita a la identidad colectiva frente al poder: “Todos somos payasos”.

Hace unos días, para el avant premier del excelente documental “La revolución y la tierra”, el director Gonzalo Benavente, a modo de humor, invitó a todos a ver la película “porque nos enfrentamos al mayor villano de ciudad Gótica”. El documental es un deslumbrante dibujo de nuestra historia reciente, y nos deja pensando acerca de la distribución de poder en nuestra sociedad. Injusticia y abuso de poder que no se ha ido del todo en el Perú.

En este ambiente, siempre nos ha costado expresar nuestra ‘anormalidad’ y se nos ha exigido siempre marchar al mismo ritmo de una sociedad indiferente. Como dice el Joker, sobre lo peor de tener una enfermedad mental: “Todo el mundo pretende que actúes como si no la tuvieras”.

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