"Durante estos días, nada de eso interesó tanto como las peleas en un culebrón que fue y seguirá armandose de oídas, esa vieja tradición", dice Alonso Cueto. (Ilustración: Giovanni Tazza)
"Durante estos días, nada de eso interesó tanto como las peleas en un culebrón que fue y seguirá armandose de oídas, esa vieja tradición", dice Alonso Cueto. (Ilustración: Giovanni Tazza)
Alonso Cueto

Escritor

Todos somos espías. Está en nuestra naturaleza. Vivimos en una cultura de la desconfianza, es decir del espionaje. Nuestra cultura tecnológica pone sus instrumentos novedosos al servicio de nuestro antiguo morbo. Somos espiados por otros y también espiamos a través de otros. Lo sabemos hace tiempo. En una película de , “La Conversación” (1974), el protagonista encarnado por Gene Hackman pelaba las paredes de su cuarto en busca de un micrófono. Los aparatos minúsculos se multiplican y nos dan voces inesperadas. Fuimos y somos todo oídos.

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El Perú puede ser definido como un país de “oidores”. Los incas se basaban en la tradición oral como base de su civilización. Los mitos y relatos se mantuvieron en base a géneros como el “haylli” (canto de victoria militar) y el “huacaripuni” (relato de fundación) que sostuvieron la memoria del imperio. El oído y la voz eran los eslabones de la herencia colectiva.

Desde muy pronto en la Colonia, se establece en la Audiencia de Lima una institución jurídica, delegada del Rey. Sus miembros eran llamados “oidores” porque su función era escuchar a las partes durante un proceso legal. Con frecuencia, los oidores se convirtieron en un poder político. Su vigencia incluía todos los aspectos de la vida social pues los oidores eran “jueces de casados”, “jueces de censos” o “jueces de bienes de difuntos”. En Lima un oidor también podía constituirse como “alcalde del crimen”. No era infrecuente que también delataran alguna falta del virrey e intrigaran contra la autoridad. El oficio de oidor, como ocurre en los hechos recientes, se asoció varias veces con el de traidor. Uno de los primeros oidores, Juan Alonso Alvarez, asociado al virrey Blasco Núñez de Vela, tuvo una vida pintoresca plagada de traiciones. Cuando murió envenenado en una cena íntima en 1546, provocó el alivio de sus muchos enemigos.

Tanto entre los incas como entre los españoles, “oir” y registrar tenían significados esenciales: preservar imperios, impartir justicia, tener el poder.

Oir, que no debe confundirse con escuchar, es por todo eso una antigua práctica peruana. Aparece hoy en las reuniones de amigos y de familiares, en imperativos como “óyeme” antes de cualquier frase seguido a veces de una pregunta admonitoria, “¿Me estás oyendo lo que te digo?”.

Como antigua práctica peruana, oir se enlaza con otra tan esencial, es decir promover el chisme como vehículo de aglutinación social. El chisme es una forma de desnudar a los poderosos, para la diversión general. En los hechos de los últimos días, estas tradiciones peruanas se han integrado una vez más.

Si bien todos los hechos deben ser investigados, la curiosidad por estas escuchas y las especulaciones que resultan de ellas ha provocado estos días una serie mediática de frivolidad repugnante. Estando en medio de una pandemia, pendientes con los infinitos problemas que se han agudizado en la economía, la salud, la educación, la cultura y todos los estamentos esenciales de nuestra sociedad, hemos asistido a un festín de audios. El contenido del más importante de ellos, hasta el momento de escribir estas líneas, corresponde más a la categoría de “incorrecto pero no grave” tal como lo ha catalogado la mayoría de la población en la reciente encuesta. Mientras tanto Roberto Carlos Pacheco, un gran defensor del medio ambiente, fue asesinado esta semana de dos disparos en Puerto Maldonado; los feminicidios y abusos hacia las mujeres continúan; los muertos por , aunque en descenso, se mantienen. Pero durante estos días, nada de eso interesó tanto como las peleas en un culebrón que fue y seguirá armandose de oídas, esa vieja tradición.