"el episodio bautizado como ‘Vacunagate’ sí representa un momento icónico para una generación que no vivió la debacle de los años 80, y para aquella, más joven, que tampoco conoció el régimen fujimorista". (Foto: GEC)
"el episodio bautizado como ‘Vacunagate’ sí representa un momento icónico para una generación que no vivió la debacle de los años 80, y para aquella, más joven, que tampoco conoció el régimen fujimorista". (Foto: GEC)
María Alejandra Campos

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Si algo hemos aprendido los peruanos en los últimos días, es que no se puede confiar en nadie. No importan la trayectoria, las referencias o el carisma, uno siempre tiene que mantener una distancia saludable hacia los demás, en particular los políticos, para no quedar como el sonso crédulo al que le rompieron el corazón.

O al menos ese parece ser el mensaje que burbujea en las redes sociales y las sobremesas: Si confiaste y creíste eres una ‘lornaza’, y bien merecido tienes que te hayan mentido por no haber esperado lo peor. Así, la revelación de la vacunación de y fue celebrada por sus opositores como un gol de media cancha en el último minuto del partido. “Ahí tienen, vean cómo caen sus ídolos. Corruptos ustedes también. Todos unidos en la misma podredumbre”. Los despechados, por otro lado, hicieron acto de contrición y juraron nunca más confiar. “Que esto nos enseñe a no creer. A no estar nunca del lado de nadie”.

Lo que ha quedado luego del noveno terremoto político del quinquenio es, en fin, un país unido por el recelo y la sospecha. Esto, por supuesto, no es nuevo en nuestra República. Si en algo hemos sido constantes en nuestra existencia bicentenaria ha sido en profesionalizar nuestra desconfianza. Sin embargo, el episodio bautizado como ‘Vacunagate’ sí representa un momento icónico para una generación que no vivió la debacle de los años 80, y para aquella, más joven, que tampoco conoció el régimen fujimorista. Es, finalmente, el golpe de K.O. a los ingenuos que guardaron algo de esperanza luego de la colisión entre el y el gobierno pepekausa, de la corrupción destapada por el caso Lava Jato, de la disolución del Parlamento y de la vacancia de Vizcarra.

Esta situación tiene consecuencias inmediatas para todos los candidatos a las y, por supuesto, para el gobierno. En el caso de los primeros, se reafirma el voto sin convicción. Incluso los pocos que sienten empatía por los actuales contendientes, muy probablemente también los consideran traidores en potencia. En el caso del Ejecutivo, le va a ser muy difícil convencer a la población de que son distintos, en particular luego de que dos ministras y varios funcionarios hayan estado involucrados en el escándalo.

Según el Barómetro de las Américas del 2018-2019, los peruanos eran los segundos en el continente que menos confiaban en sus conciudadanos. Apenas 10%, en promedio en los últimos 15 años, cree que las personas de su comunidad son muy confiables. Solo le ganamos a Brasil y estamos por debajo de países con realidades políticas tan o más complicadas que la nuestra como Honduras o El Salvador.

El que no arriesga, no gana y, en nuestro caso, el riesgo es confiar. Pero este marco social hace que la colaboración, que es uno de los principales pilares del progreso, sea improbable y alimenta la cultura del sálvese quién pueda, mejor solo que mal acompañado. Por eso es indispensable que los ciudadanos optemos, a pesar de los embates de la realidad, por tomar ese salto de fe en el otro. Que no celebremos la caída en desgracia de los protagonistas de los escándalos, sino que seamos capaces de valorar también a aquellos que eligen hacer las cosas bien. Como decía Alonso Cueto en su columna de ayer en este diario “¿Quiénes son los héroes de la guerra de la pandemia? Son muchos aunque aún sin un nombre reconocible”.

Sinceramente espero que los que queden en este gobierno –luego de la purga posvacunas– logren el objetivo de devolverle algo de fe en la política a la ciudadanía, porque sin eso es muy difícil que nuestro país avance.