" El Caso Lava Jato nos mostró la corrupción empresarial generalizada en la construcción; el de Sinopharm, por su parte, nos muestra que áreas vinculadas a la investigación y a la medicina también adolecen de este problema".
" El Caso Lava Jato nos mostró la corrupción empresarial generalizada en la construcción; el de Sinopharm, por su parte, nos muestra que áreas vinculadas a la investigación y a la medicina también adolecen de este problema".
Eduardo  Dargent

Politólogo, PUCP

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Tras develarse la irregular vacunación vinculada a los ensayos de escuché varios comentarios que apuntaban hacia los políticos como responsables del desastre. No discuto la justicia de la imputación. Lo hecho por y dos exministras merece total rechazo y sanción. Pero esta vez, en el cogollo de la repartija de vacunas no están solo los políticos. Y es importante reconocerlo para sacar lecciones de lo sucedido.

Quienes están en el centro del escándalo son científicos de dos centros de excelencia –las universidades y– y burócratas de áreas estatales reputadas, como lo son las oficinas del involucradas y la cancillería. Estos son espacios reconocidos por, supuestamente, estar por encima del patrimonialismo que campea en la sociedad y el Estado. Cuentan con profesionales que saben bien que no pueden tomar decisiones ni otorgar beneficios por amistad, conveniencia o parentesco. Y menos en medio de una pandemia.

Fueron estos científicos y burócratas los que actuaron sin considerar las reglas y principios que deben guiar sus actos. Los primeros dieron acceso a la vacuna a conocidos, familiares, contactos empresariales y autoridades. Los otros, entre los que se incluyen algunos a cargo de negociar la compra de vacunas, aceptaron el regalo y también trajeron familiares. Y los beneficiados también cargan con responsabilidad, por supuesto.

Es triste que, para justificarse, este grupo de especialistas haya buscado ampliar la definición de lo que significa participar en un estudio clínico. Incluso pasando por alto el debate de si debió haberse vacunado al personal a cargo del ensayo, ¿no ven que estando tan lejos de los pinchazos su excusa es absurda? El caso ni siquiera califica como dilema ético: es evidente que, si se sabía con certeza que se estaba recibiendo la vacuna, lo hecho es incorrecto. La prueba ácida de que sabían que actuaban mal es que lo mantuvieron en secreto por meses, no defendieron públicamente su acción o, incluso, mintieron.

Por supuesto, hay distintos niveles de responsabilidad. No es igual quien controla el proceso que los estudiantes o personal que participan en el estudio. Estos últimos siguieron lo indicado por sus superiores. Pero quienes están a cargo no tienen excusa y queda por determinar sus responsabilidades administrativas y penales.

Y, sin embargo, dejando en claro esta responsabilidad individual, el caso también enseña sobre lo profundo de nuestro patrimonialismo y sobre lo fácil que fue caer en estas conductas. Por eso, decía al inicio que no hay que quedarnos solo en los políticos. El patrimonialismo está tan normalizado que se enquista hasta en espacios como estos, supuestamente vacunados para detectarlo. El Caso Lava Jato nos mostró la corrupción empresarial generalizada en la construcción; el de Sinopharm, por su parte, nos muestra que áreas vinculadas a la investigación y a la medicina también adolecen de este problema. La ciencia se acriolló, el técnico fue un ‘compadrito’ más.

Lo visto debe de ser una cachetada de humildad para cada uno. Si personas que son educadas para detectar la corrupción y el costo de la desigualdad, hicieron lo que hicieron, ¿qué tan seguros podemos estar de que no torceremos las reglas si se presenta la oportunidad? El aprendizaje ético es cotidiano y la guardia siempre debe de estar arriba.

Felizmente, el amplio rechazo a estos actos muestra que la sociedad reconoce con claridad el abuso. No se han aceptado las justificaciones y las reacciones que se vienen dando indican que las instituciones, aunque golpeadas, tienen recursos para reconocer el error y curarse desde adentro. Reconstruir el prestigio de centros de investigación y burocracias pasa ahora por enfrentar las causas del problema, ofrecer disculpas y limpiar la casa. No por sumarse a la coartada.

Al intentar minimizar lo sucedido, el doctor Germán Málaga, investigador principal del estudio de Sinopharm, nos dejó una frase de antología: “no se trata de privilegios, solo que así son las cosas”. Todo lo contrario. Este desastre está construido sobre el privilegio: contactos, poder y acceso. Reconocerlo, y machacárselo a los involucrados, es un paso para que las cosas no sean así.