(Ilustración: Giovanni Tazza)
(Ilustración: Giovanni Tazza)
Alexander Huerta-Mercado

Antropólogo, PUCP

Imposible saber cuál ha sido el invento más importante del ‘Homo sapiens’. Hay quienes creen que aprender a moldear el barro en forma de vasija significó un salto que resta importancia a otros inventos, como la tecnología cibernética o los vuelos espaciales. Tanto las primeras vasijas que datan de hace unos 10.000 años como los vasos, botellas y termos que son descendientes de aquel magnifico invento parten del hermoso principio que sostiene que, más importante que la materialidad del receptáculo, es el vacío que se genera en su interior, que crea el espacio de almacenaje que tan útil ha sido para nuestra especie.

Lo interesante es que todo grupo humano siempre ha adornado sus vasijas con símbolos que pueden ir desde simples rayas a sofisticadísimas composiciones con significados religiosos o políticos. En otras palabras, siempre hemos hecho arte.

¿Por qué el ser humano siempre hace arte? En una hermosa crónica, el actor peruano Ricardo Blume sostenía que nuestra condición humana podía representarse como una serie escalonada de círculos concéntricos al estilo del infierno de Dante Alighieri. Un primer nivel, el más superficial, representa la forma en la que todo el mundo nos conoce; la imagen que damos y que quizás todos perciben, y que, sin embargo, dista mucho de ser nuestro fiel reflejo. Un segundo nivel representa la forma en la que nuestros amigos nos conocen, un espacio mucho más íntimo pero insuficiente para dar cuenta de nuestra totalidad emocional. Un tercer nivel corresponde al espacio de nuestra pareja, un lugar aún más íntimo. Sin embargo, incluso en este círculo, hay áreas desconocidas. Existe, pues, un cuarto nivel en el que nadie nos conoce –tal vez ni nosotros mismos–, un nivel que condena al ser humano a una angustiosa soledad de emociones que reprimimos y aspectos que ni siquiera nosotros mismos podemos comprender. Es en esta dimensión en donde el arte, gracias a su enorme capacidad de evocar emoción, transmitirla e interpretarla, juega su rol liberador. Es así, por ejemplo, que produciendo o consumiendo música a lo largo de siglos hemos podido vivir mucho mejor diferentes tipos de amor en sus intensidades, contradicciones y descubrimientos.

Si bien es imposible llegar a una definición sobre qué es el arte, hay algunos aspectos que se pueden encontrar en casi todo trabajo artístico. El arte implica “transformar” algo. Por ejemplo, una puesta de sol nos puede parecer hermosa pero no será arte a menos que la representemos en un dibujo o una foto, o nos inspire una canción. Por otro lado, el arte despierta una respuesta emocional que puede ser positiva o negativa, y generar placer, alegría, rechazo y un sinfín de emociones. Sin embargo, el destinatario de una obra de arte no necesariamente es otra persona. Es más, gran parte del arte a través de la historia fue creado para no ser visto más que por sus creadores; como los adornos de la tumba del faraón o las mandalas de arenas coloridas que son destruidas por los mismos monjes que las crean para representar lo efímero de la vida. Es posible también que haya obras de arte que sus propios autores no hayan visto en su totalidad, como las Líneas de Nazca.

Conforme las sociedades se han ido complejizando y especializando, el arte también lo ha hecho. Como profesor de la Facultad de Arte de la PUCP, soy testigo de que los futuros artistas viven una exigencia que los lleva a estar siempre estudiando, trabajando y creando, en un proceso de ensayo-error, de planificación y persistencia.

Pero también, tal vez sin darnos cuenta, llevamos el arte impregnado en nuestra piel.

Cada día nuestro primer lienzo es nuestro cuerpo, que arreglamos para mostrarnos al mundo. Algo que hemos hecho desde que éramos nómadas, a través del tatuaje o el piercing. Y la acción de nuestro cuerpo, convertido en transmisor de memorias, gracias a la danza, el teatro, el canto o la declamación. Y hacerlo, además, de manera colectiva ha sido la manera más eficaz de presentarnos al mundo como identidad grupal. Esto lo hemos vivido intensamente este año.

¡Qué año para el Perú ha sido el 2018! Hemos vivido entre lágrimas y euforia, pero siento que hemos afrontado este difícil período usando el arte. Dicen que los latinoamericanos no tenemos a los políticos que merecemos, pero sí a los artistas que tanto necesitamos.

Las músicas de los tambores unieron como nunca a los peruanos de un extremo al otro del planeta para el Mundial, que dibujó un conjunto infinito de cuerpos rojos y blancos. Pero también los tambores se unieron para las protestas. Enormes muñecones han marchado denunciando la corrupción judicial, performances silenciosas han acompañado las marchas contra la violencia de género, multicolores banderas nos han invitado a apreciar el significado del orgullo LGTBI. Hemos acompañado al Señor de los Milagros sobre hermosas y efímeras alfombras de flores, las calles de Lima se convirtieron en un lienzo morado y en nuestro bullicio cotidiano se dibujaron cantos piadosos.

En el Perú, creo, nunca usamos el arte solo como un adorno de nuestros rituales cotidianos, sino como un mensaje en sí mismo. Es una forma de invitarnos a ser percibidos, pero también de convocarnos a la libertad de que nuestra verdad sea enriquecida por la experiencia de quien lo aprecia y a demostrarnos que no hemos rendido lo mejor de nosotros ante circunstancias difíciles.

Cuando cruzaba la Facultad de Arte justo para los exámenes finales vi a uno de mis alumnos concentrado en pulir una escultura de cemento. Llevaba varias horas en el proceso. Le comenté sonriendo: “Diego, es una vida dura, ¿no?”. Él siguió su trabajo y esbozó una sonrisa. “Es una vida dura, profe, pero existe el arte”.