(Ilustración: Giovanni Tazza)
(Ilustración: Giovanni Tazza)
Alexander Huerta-Mercado

Antropólogo, PUCP

Ningún lado de esta cámara es inocente. Parece mentira cómo el video como tecnología ha cambiado la historia del Perú de un día para otro como no lo han hecho las elecciones o los plebiscitos. La información grabada en imagen y sonido con desconocimiento de una o más partes se ha convertido en criterio de verdad y ha provocado el fin de períodos de gobierno y nos ha dejado con una sensación de frustración acerca de cómo solemos ser gobernados.

La capacidad de la cámara para registrar una imagen a fin de ponerla en nuestra televisión o computadora ha permitido democratizar la privacidad. Ahora somos nosotros los que podemos estar presentes en las recámaras, en las salitas, en las casas donde se hacen los negociados.

Generalmente, ni las imágenes ni el audio suelen ser claros (al ser grabados subrepticiamente), por lo que la mediación no solo pasa por la cámara sino por quien coloca los subtítulos (en el último caso, el de los ‘kenjivideos’, lo han hecho con un peculiar gusto por el color azul). El producto está hecho, preparado, para nuestro consumo, como queriéndonos utilizar para ser testigos y verdugos. De vez en cuando, los ciudadanos somos a los que hay que temer.

Una vez publicado el video, sentimos que nuestro otrora inexistente poder aumenta exponencialmente. Ello pues hemos tenido el placer de capturar in fraganti (con las manos en la masa) a quien sí tenía poder. El antropólogo Max Gluckman sostenía que en las tribus sudafricanas el chisme permitía seleccionar mejor a los líderes. En nuestro caso, el chisme permite expectorarlos si es necesario.

Sin embargo, pareciera que el fruto de este chisme no se tratara de una sorpresa. Cuando salí a conversar en la calle al día siguiente de la difusión de los ‘kenjivideos’, observé que un comentario general era que “ya se sabía”, que “todos eran unos corruptos” y que “no era novedad”. El video es el velo que cae simplemente revelando una realidad conocida ante una frustración por la pobre perfomance de la clase política.

En esta invitación a mirar por el ojo de la cerradura el comportamiento de nuestra clase política descubrimos un peculiar costumbrismo y uso del lenguaje. Se tratan coloquialmente cosas tan trascendentes como el manejo de obras públicas, dinero o capital político. También, por supuesto, el manejo de rituales como reuniones y almuerzos en los que circula el prestigio y también frases que quedarán para la historia como: “Tienes cinco palitos sin mover un dedo”, “Tú ya sabes cómo es la nuez”, “¿Por qué te va a perseguir la fiscalía si vas a tener de tu lado al Gobierno?”.

Por último, nos preguntamos si los videos han captado simplemente la cotidianidad de la política: cómo suelen hacerse los arreglos, cómo entre los que tienen poder se manejan las cosas y cómo las lealtades son compradas (de ahí esa sensación de “ya lo sabíamos”). Nos preguntamos si acaso cada uno de estos videos que suelen animar nuestra nada aburrida pero corrupta vida política no son sino radiografías (en el sentido de que vemos la imagen de los huesos) de cómo delegamos al poder para que haga las cosas una vez que extinguimos nuestra participación democrática depositando el voto en el ánfora.

Nuevamente un grupo de vídeos cambia nuestra historia. O tal vez nuestra historia solo cambiará si decidimos que lo haga. El error sería mirar a la clase política como única culpable sin considerar a los que la pusieron ahí.

En esta historia hay algo de villano en nosotros pues somos al final los que votamos en un sistema electoral que permite el ingreso de impresentables al Congreso. Hay entonces algo de culpabilidad en nosotros como votantes pues muchas veces hemos permitido ponernos en la situación del mal menor. También hay algo de responsabilidad al haber normalizado la corrupción en nuestra vida cotidiana, al haberla permitido. Es tiempo de dejar de tener la responsabilidad por haber preferido orden antes que democracia y haber caído seducidos a propuestas totalitarias.

Pero tal vez en lo que seamos aún más villanos es en haber contribuido a ponernos en una situación en la que se tuvo que usar un video grabado a traición para al mismo tiempo develar actos de corrupción. Ningún lado de la cámara es inocente.

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