Vinilo de mis amores, por Pedro Suárez-Vértiz
Vinilo de mis amores, por Pedro Suárez-Vértiz

Recuerdo una entrañable esquina de Miraflores, a la que iba con mi hija, donde había mil tesoros. Pines con fotos inéditas de los Beatles y almohadas con impresiones de Led Zeppelin, entre muchas otras cosas. Por un lado estaban los racks con pósters de Bob Marley, The Who, David Bowie y varios más. Por el otro, los estantes con libros, alcancías, almohadas, lapiceros, monederos, billeteras y hasta zapatillas con temática de rock clásico. Justo a la entrada había unos anaqueles de los cuales colgaban polos y poleras con bandas y, en el medio de la tienda, una caja de madera repleta de discos de vinilo. He buceado más de una vez en ella, junto con uno o dos clientes más que hurgaban también en su interior.

“¿Sabes la mina de oro que tienes aquí?”, le pregunté alguna vez al muchacho que atendía. Pero él no estaba al tanto. Solo había ido para vender. Quise muchas veces contactarme con el dueño, pero antes de que pudiese dar con él, la tienda cerró. No se qué habrá pasado con todas las joyas que tenían allí dentro, pero espero que haya abierto otro local.

Cada vez son más las tiendas de parafernalia musical retro. La valoración del rock de la época a través de los discos de vinilo está cada vez más en boga. En los centros comerciales antiguos de Larco pueden encontrar tiendas como esa, aunque más pequeñas. Y en Tarata hay un local que vende tocadiscos, por si se animan a experimentar el rock clásico como se debe escuchar. Ese sonido es otra cosa.

Muchos piensan que la historia del rock ya acabó, pues no hay cuadros, tickets, tiendas o ediciones de lujo de bandas nuevas. Antes, un disco de Jimi Hendrix o Emerson, Lake & Palmer era una real pieza física de colección. Entonces, Jimmy Page, Kiss o Alice Cooper eran vistos realmente como de otro mundo. Hoy los clásicos de siempre terminan revueltos en un MP3 con miles de géneros. Ahora solo consigues notoriedad con romances o videos de escándalo tipo Kardashian. La música ya no suena por sí misma. Por eso siempre digo que definitivamente soy de la vieja escuela.

Sin embargo, no pocos muchachos de hoy han redescubierto el valor del vinilo, sus carátulas y sus artistas. Esa inexplicable calidad del sonido no es un tema de definición, pues un CD la tiene, sobre todo en agudos. Es un tema de ‘presencia’. Hagamos analogías. Jamás un logo estampado en una camiseta va a tener la presencia de un parche bordado y cosido a la misma, así no goce de los detalles perfectos.

Jamás la mejor computadora gráfica del mundo podrá alcanzar la personalidad de un óleo, por más que en este no puedas llegar a la definición de una computadora. Escuchar un vinilo es amplificar una aguja raspando el surco de un acetato. Es decir, estás escuchando una fricción real. Este resultado sonoro tiene muchísima más ‘presencia’ que el de un CD, pues este es solo un archivo digital, así tenga mayor definición. Por eso mucha gente escucha hoy vinilos, pues da la sensación de que los músicos están en tu propia sala.

El vinilo es como el parche cosido a la casaca, como el óleo. Esa presencia de la que hablamos se llama en audio ‘rango dinámico’. Es la capacidad de un sonido para golpear el aire. Todo lo análogo –vinilos, teclados Hammond, cintas de audio– tiene menos definición que lo digital, pero muchísimo mayor rango dinámico. La magia real de escuchar vinilos ha ocurrido después de la aparición del CD. Ha reaparecido una comprobación de su contundente efecto justo cuando fue reemplazado en el mercado por el disco compacto y ni qué decir de la música en MP3. No puedo convencerlos de comprarse un tocadiscos, pero es mi deber que sepan la verdad.

Esta columna fue publicada el 24 de setiembre del 2016 en la revista Somos.