(Foto: Anthony Niño de Guzman/Referencial GEC)
(Foto: Anthony Niño de Guzman/Referencial GEC)
Carmen McEvoy

Historiadora

Conforme a los criterios de

Trust Project
Saber más

El mundo como lo conocimos ha llegado a su fin. Nos encontramos en el umbral de una nueva era cuyo perfil político, social, económico y cultural no ha sido aún definido, pero sí avizorado en sus dramáticas consecuencias, como por ejemplo, un posible recorte de las libertades civiles, conquistadas a lo largo de los siglos.

Desde diversas disciplinas una serie de académicos opinan, por otro lado, que si aprendemos la lección, considerando el número de vidas perdidas, se nos abriría una gran oportunidad de cambiar el rumbo. Un golpe de timón que pasa por imaginar un nuevo modelo de convivencia que ayude a revertir nuestro acelerado proceso de deshumanización. Lo que queda claro es que el 2020 marcará un antes y un después en la historia del hombre en el planeta. Si la disciplina sobrevive, los libros de historia analizarán esta etapa, en la que un número importante de seres humanos, predominantemente ancianos, pobres y desprotegidos, fallecieron en la soledad y el abandono más absoluto. Tanto así que sus cadáveres fueron entregados a sus familiares incluso en bolsas de plástico, algunas de las cuales, por la carencia de espacio, fueron enterradas en fosas comunes.

El horror se hizo realidad y habita entre nosotros, en especial entre los miles de peruanos que hicieron la larga cola por una cama o un balón de oxígeno que sabemos no les llegó, y si el rebrote toca nuestras puertas, posiblemente tampoco ocurra en esta oportunidad.

Desde que llegó el COVID-19 para confrontarnos con esa pequeñez enmascarada de arrogancia maltratadora que nos caracteriza, el tiempo se ha acelerado y, además, se ha superpuesto. Para los que hemos tenido la suerte del confinamiento productivo no ha sido posible evadir la reflexión respecto a lo que hemos hecho con nuestras vidas y si merecemos el privilegio de la existencia mientras miles mueren desamparados.

He pensado mucho en la muerte y más aún teniendo presente la de mi madre, quien me enseñó sobre la grandeza del espíritu humano ante lo inexorable. Ella murió en su casa rodeada de afecto y cuidados, una situación muy diferente a la de miles de compatriotas cuyos fallecimientos pudieron evitarse, porque no llegó el oxígeno o porque los depredadores de siempre vieron posibilidad de negocio en las máscaras defectuosas o en las medicinas sobrevaluadas. En el Perú existen responsables de la hecatombe y son parte de un Estado, ahora en fase demencial, que cambia un día y el otro también de operadores, pero persiste en la tendencia de siempre: maltratar a los ciudadanos que trabajan de sol a sol para despertar un día y descubrir que no tendrán vacunas en el corto plazo. Más allá de ello, mis respetos a los médicos, bomberos, enfermeras y buenos policías que entregaron la vida por cuidarnos entre las carencias.

“Vivimos en un momento bisagra de la historia”, escribió Derek Parfit en su libro “On what matters” (2011). Las razones que varios académicos ahora esgrimen para volver a la noción del “momento bisagra” tienen que ver con la urgencia de crear mecanismos de sobrevivencia como especie. La identificación de lo que nuestra sociedad debe priorizar para asegurar un futuro sostenible: salud pública, vivienda, empleo y educación de calidad. Toby Ord, quien escribió “The precipice”, se une a los que señalan que es necesario discutir este tránsito a lo desconocido porque un camino errado en la tecnología –por ejemplo, el desarrollo de la inteligencia artificial– puede provocar un revés social catastrófico.

En ese sentido, “The Guardian” pronosticó, hace cinco años, que la robótica podría incrementar dramáticamente la desigualdad en todo el planeta. Es probable que la pandemia haya desacelerado dicho proceso que puede dejar a 50% de la fuerza laboral a su suerte. La pregunta es ¿qué estamos haciendo en el Perú, fuera de cerrar congresos y vacar presidentes, para encarar la próxima revolución tecnológica? Una ley que mejore las condiciones laborales de un sector fundamental de nuestra economía, como es la agroexportación, es clave, pero también lo es la inversión en ciencia aplicada a la agricultura y capacitación en las nuevas tecnologías para evitar la pérdida de empleo y el colapso social. Aprender a ser creativo y no reaccionar, como con las vacunas, cuando ya es tarde y tienes a la muerte al frente.

TAGS RELACIONADOS