(Ilustración: Giovanni Tazza)
(Ilustración: Giovanni Tazza)
José Ugaz

Abogado

Aún recuerdo con estupor el día en que vi a la fiscal de la Nación Blanca Nélida Colán Maguiño presentándose en un programa dominical de la televisión con el fiscal provincial que tenía a su cargo la investigación contra Vladimiro Montesinos Torres, acusado públicamente de encubrimiento por el narcotraficante ‘Vaticano’.
Cuando la fiscal empezó a hablar, quedó claro que ella había pedido ir al canal a declarar. Luego de ensalzar a Montesinos por todas sus contribuciones para resolver los grandes problemas del país, lo calificó como héroe de la peruanidad y descartó de plano, “por absurdas”, todas las acusaciones en su contra.

Lo sorprendente es que para avalar su elegía montesinista, no solo no hizo referencia alguna a actos de investigación, sino que llevó consigo al fiscal encargado del caso y lo sentó a su lado, aunque no lo dejó hablar. En su afán por exonerar públicamente a Montesinos de toda imputación, poco le importó que la ley prohíbe al fiscal de la Nación interferir en las investigaciones que conducen los fiscales inferiores.

Luego sabríamos que esta sujeción incondicional se había comprado con prebendas económicas y sociales (como incluirla en el círculo íntimo invitado a celebrar el quinceañero de la hija de Montesinos en el SIN, organillero incluido).

Tiempo después, a poco de destituida la fiscal Colán, siendo procurador recién nombrado, supe por versión de la nueva fiscal de la Nación, la doctora Nelly Calderón, que Alberto Fujimori había pretendido, a su mejor estilo, darle instrucciones de cómo proceder en las investigaciones que se sucedieron a la fuga de Montesinos. En este caso, era evidente que el presidente vivía una compleja crisis emocional de tal magnitud que, mezclada con su vena autoritaria, le impedía distinguir entre una fiscal obsecuente y una recién nombrada fiscal independiente.

Hoy es inevitable evocar estos dos antecedentes. Cuando la oposición fujimorista y su lideresa habían hecho denodados –y hasta cierto punto exitosos– esfuerzos por desmarcarse del pasado de su líder histórico condenado, entre otras razones, por corromper a las instituciones del Estado, ha podido más la genética partidaria del bacalao, el soborno y la captura del Estado, que la estrategia de refrescamiento de rostro.

Todo indica que una mezcla de factores, como la frustración y negación frente a la derrota presidencial, el temor a la confirmación de los vínculos criminales de su influyente ex secretario general y la desesperación por evitar que se confirmen las sospechas que la campaña no se financió con polladas y cocteles sino con dinero de origen ilegal como el de Lava Jato, ha roto en mil pedazos el tarrajeo renovador y precipitado una regresión a los orígenes autoritarios y torcidos de los que nunca pudieron sacudirse.

No existe otra explicación razonable para el intento de destituir al fiscal de la Nación con argumentos tan deleznables como los esgrimidos por Salaverry y Vilcatoma. Resulta francamente de muy mal gusto que además pretendan encubrir sus ocultas intenciones de control e impunidad con un pretendido y forzado afán anticorrupción. Lo grave es que esta bubónica agresividad haya rebasado a sus consabidos talibanes y condicionado por contagio incluso a quienes hasta hace muy poco destacaban por su mesura y hoy se han subido al mototaxi.

La afiebrada arremetida excede al descabezamiento del Ministerio Público, extendiéndose al Tribunal Constitucional, al ministro del Interior, a la prensa, al sector privado, llegando incluso a amenazar la salud de los consumidores de alimentos y hasta la participación de la selección en la Copa Mundial de Fútbol.

En sus rabiosas dentelladas contra todos y todo lo que no les gusta o sienten que los amenaza, pretenden arrasar con la democracia y sus fundamentos. Estamos notificados. Se acabaron los pocos buenos modales y la escasa tolerancia. Si algo bueno ha generado esta agresión indiscriminada, es que se van quedando solos y, según todo parece indicar, en progresivo alejamiento del poder que se les escurrió de entre los dedos cuando, por descuido, se les vio el fustán.