Editorial 2: El otro lado de Luna
Editorial 2: El otro lado de Luna
Redacción EC

Según un informe periodístico difundido el último fin de semana, el congresista , de , solicitó, como presidente de la Subcomisión de Acusaciones Constitucionales, la contratación de tres asesores para que se ocupasen de “temas muy delicados y de mucha reserva”. No obstante, lejos de cumplir esta función, ellos estuvieron trabajando a tiempo completo en una universidad de su propiedad, mientras recibían sueldos financiados con recursos públicos. Y las explicaciones que ha ofrecido Luna ante esa denuncia han sido deleznables. 

Por un lado, el legislador ha aseverado que los tres empleados fantasmas abusaron de su confianza y actuaron a sus espaldas. Y, por otro, ha dicho: “Sería un tonto o un estúpido que, por unos cuantos soles, me voy a arriesgar [sic]”. Pero la verdad es que si esas personas hubieran querido engañarlo utilizando para otros fines un tiempo que debía estar dedicado a las tareas que él les encomendó, no habrían ido a trabajar precisamente a una institución que le pertenece. Además, es evidente que si la tontería intrínseca de aquello que se les imputa habitualmente a los congresistas sometidos a investigación fuese argumento suficiente para desechar los cargos que pesan sobre ellos, la Subcomisión de Acusaciones Constitucionales o la Comisión de Ética Parlamentaria habría dejado de existir hace rato. 

Los memoriosos han recordado en estos recientes días al desaforado , que contrató a dos ‘asesores’ que trabajaron en realidad para su familia (una como empleada del hogar y el otro, como personal de seguridad). O al fujimorista Aldo Bardales, que contrató supuestamente a una ‘técnica’ para su oficina, pero la hizo cuidar a su madre en Moyobamba. 

Ahora el congresista José Luna ha sido acusado de algo muy parecido y está tratando de convencernos de que, a pesar de las semejanzas, lo suyo es distinto. Hasta el momento, sin embargo, no lo ha conseguido.