Editorial: Diversificación de aciertos y errores
Editorial: Diversificación de aciertos y errores
Redacción EC

El 28 de julio fue publicado el Plan Nacional de Diversificación Productiva elaborado por el Ministerio de la Producción (Produce). El plan fue presentado con bombos y platillos en el discurso presidencial y desde hace meses viene siendo anunciado como una de las principales iniciativas de este gobierno para transformar la economía peruana.

Se trata, sin duda, de un plan muy pretencioso, pues busca hacer grandes cambios involucrando numerosos sectores del Estado y del mercado. Y, en un sentido, es muy positivo encontrarse con una iniciativa ambiciosa en este gobierno, que se ha caracterizado más bien por su escasa ambición y por decantarse por el piloto automático.

Es positivo también que el plan busque colaborar en resolver dos de los principales obstáculos que encuentra la inversión privada: las regulaciones innecesarias y la deficiencia de infraestructura. 

Para lo primero, principalmente, el plan propone realizar una encuesta anual sobre percepciones de la regulación (que permitiría detectar cuáles son los principales cuellos de botella creados por el propio gobierno), que el Produce elabore un informe anual que señale las principales oportunidades de mejora regulatoria, que se coordine una agenda de facilitación de pago de impuestos y que se sistematice la información que el Estado pide a los privados para no duplicar estas exigencias. No queda claro cómo el Produce logrará que el resto de sectores le hagan caso cuando haya que eliminar alguna traba regulatoria. Pero el acento del plan en este tema es ya un avance y revela el valor del ministro Ghezzi en el Gabinete.

Para lo segundo –el desarrollo de infraestructura– el plan básicamente le tira la pelota al MTC (no podía ser de otra forma porque esa es la entidad competente). Y aunque tampoco nos queda claro cómo hará el Produce para alinear a la burocracia del MTC, es importante que el gobierno entienda que esta es una prioridad.

El plan, sin embargo, también tiene fallas. Asume que el gobierno podrá corregir los errores de los empresarios para mejorar los resultados del mercado y para eso dispone que se inviertan recursos públicos para diseñar diversos estudios, programas de difusión tecnológica, de apoyo a clústeres, de desarrollo de proveedores, fondos de financiamiento, programas de becas, entre otros. El plan, en buena cuenta, asume que el Produce logrará tener una burocracia-consultora que rivalice con McKinsey, Boston Consulting Group o Bain. Lo cierto, sin embargo, es que si los burócratas pudiesen ver las oportunidades de negocio que no ven los empresarios, estarían en el mercado volviéndose millonarios en vez de trabajando en un ministerio. Por las mismas razones que falla el Estado-empresario (la ausencia de información especializada, de los incentivos que genera el lucro y la dificultad para reclutar y mantener el talento) fallará el Estado-consultor empresarial.

Asimismo, el plan busca que se incentive el crecimiento de ciertos sectores sobre otros porque, supuestamente, nuestra economía no se está diversificando. Para empezar, esta última premisa es tremendamente cuestionable. Basta ver que en el 2003 exportábamos 21.500 partidas arancelarias mientras que en el 2013 exportamos casi 33.000, o que el valor de las exportaciones no tradicionales en la última década se multiplicó por cinco para darnos cuenta de que la economía sí se está diversificando.

Por otro lado, “incentivar” ciertos sectores sobre otros tiene tanto sentido como buscar que las plantas más pequeñas alcancen un mayor tamaño tirándolas de las hojas. Es algo que va contra la naturaleza. Si un sector crece menos que el resto, es porque es menos rentable, lo que no es más que una forma de decir que el dinero está mejor invertido en otro lado. Por eso, si el Estado invierte en desarrollar un sector, solo estará poniendo dinero de los contribuyentes en lugares donde sería un desperdicio ponerlo.

Finalmente, lo que nos preocupa es que “ayudar” a ciertos sectores empresariales resulta una labor menos trabajosa y políticamente más popular que enfrentar a la burocracia que impide el crecimiento del mercado. Por eso nuestro temor es que, en la práctica, la realidad lleve a que la parte del plan que se termine ejecutando es aquella que contiene los diversos errores y no la que lleva los aciertos.