El presidente Pedro Castillo declara ante la prensa junto al ministro de Salud, Hernando Cevallos, el pasado agosto. (Foto: GEC).
El presidente Pedro Castillo declara ante la prensa junto al ministro de Salud, Hernando Cevallos, el pasado agosto. (Foto: GEC).
Editorial El Comercio

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El lunes por la noche, el presidente ofreció en el que debía dar explicaciones por que, a pesar de las advertencias que ya había hecho sobre la materia la contraloría, viene conduciendo en la casa de Breña sin que exista registro oficial de con quién se reunió y con qué propósito. Sin embargo, como comentamos ayer , el discurso generó más preguntas que respuestas: los cónclaves nocturnos fueron calificados como “de carácter personal”, no se dijo nada sobre la presencia de personas vinculadas a empresas que contratan con el Estado y se buscó diluir el asunto en un supuesto complot contra el Gobierno.

Pero en lo que concierne a su precaria defensa y a la falta de autocrítica, el mandatario no ha estado solo. En los últimos días, tanto desde el Ejecutivo como desde el Congreso, algunas voces han ensayado contorsiones para justificar el accionar presidencial o para sugerir que los cuestionamientos a conductas cuando menos irregulares son obra de personas malintencionadas y no de un gobernante renuente a respetar las reglas de juego.

La ministra de la Mujer y Poblaciones Vulnerables Anahí Durand, por ejemplo, ha dicho, en referencia también a la moción de vacancia contra Castillo, que “el ruido político y los informes noticiosos de un presidente”. Para luego añadir: “No podemos exagerar ni generar zozobra ni desestabilización”. Pero más allá de lo que el Parlamento decida hacer con la información que tiene frente a sí, el contenido de “informes noticiosos” no puede ser descartado como una exageración cuando lo que estos demuestran es la reincidencia del jefe del Estado en una conducta que las autoridades ya habían cuestionado. Al mismo tiempo, flaco favor le hace al Gobierno la señora Durand al hablar del “ruido político”, pues es el propio Ejecutivo el que lo nutre con su repertorio semanal de desatinos.

Por otro lado, el ministro de Salud, Hernando Cevallos, también ha tratado de sumar con sus propias restas y con una fórmula un tanto enredada: “No siempre las reuniones del presidente, porque no todo el mundo quiere que las reuniones sean públicas, tienen que ser de carácter público”, . Ayer, además, aseguró que sostener reuniones en domicilios privados es una práctica común de los presidentes. Pero el asunto es, y un político veterano como Cevallos debería saberlo, que Castillo no se reúne con cualquier persona ni de cualquier manera. Además de recibir a ministros (como ha ocurrido con el titular de Defensa), el domicilio de Breña también ha sido visitado por empresarios y por personas vinculadas a firmas que integran consorcios beneficiados con la buena pro del Estado. Lo hace, además, a altas horas de la noche y de incógnito, dejando el sombrero chotano en Palacio y reemplazándolo por una gorra. Asimismo, alegar que “todos lo hicieron” simplemente no es un argumento, especialmente cuando hablamos de un líder que se vendió durante la campaña como uno que sería diferente al resto.

Desde el Parlamento, por otro lado, legisladores como Isabel Cortez también han defendido al mandatario: “Todavía no se sabe si son empresarios quienes han ido ahí [a Breña], de repente ”, ha dicho. Un comentario que ni siquiera merece ser analizado.

Dicho todo esto, cabe reconocer que la primera ministra sí ha dado cuenta (parcialmente) de la gravedad de lo sucedido: “He tomado conocimiento de esta denuncia que me parece delicada”, aseveró, como estudiando el tema, en una práctica que ya parece costumbre en ella (como ocurrió con Luis Barranzuela y con el escándalo desatado por las presuntas presiones en los ascensos en las FF.AA.). Sin embargo, esto no pareció causarle ningún escozor cuando llegó el momento de flanquear (y aplaudir) al presidente en el mensaje del lunes.

Algunos, como se ve, han elegido ser escuderos de la reprobable conducta del presidente. Curiosamente, varios de ellos pertenecientes a organizaciones políticas que aseguraron que se mantendrían ‘vigilantes’ con el Gobierno actual y que han terminado siendo una triste comparsa de la opacidad de este.