"En realidad, la prohibición a la que aludimos es doblemente absurda". (Imagen: El Comercio)
"En realidad, la prohibición a la que aludimos es doblemente absurda". (Imagen: El Comercio)
Editorial El Comercio

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Sembrar dudas sobre la veracidad de las encuestas de intención de voto cuando se acerca el día de la es un recurso que los políticos de toda laya desempolvan cíclicamente. Sobre todo, aquellos a los que tales no les sonríen. Después de haber sostenido durante meses que hablaban en nombre de las grandes mayorías y que “la calle” les transmitía una promesa de victoria inminente, enfrentar cifras que desmienten ese discurso tiene que ser duro para cualquier candidato.

Al final, por supuesto, el ajuste de cualquier manera se produce, pues las ánforas terminan por revelar la auténtica dimensión del respaldo que cada uno de los postulantes efectivamente tenía entre la ciudadanía. Mientras tanto, sin embargo, los clamores de que existen confabulaciones para perjudicar a tal o cual aspirante a la presidencia haciéndolo lucir menos popular de lo que supuestamente es abundan y consiguen algún eco en la opinión pública.

En estos días finales de la campaña de la primera vuelta, por ejemplo, las teorías conspirativas sobre encuestas mal hechas a fin de “manipular” el voto o maquilladas con asistencia del margen de error saturan las redes, en lo que parece un intento por arrojar sombras sobre el proceso en marcha. Y a ello viene aparejada la divulgación de sondeos falsamente atribuidos a una u otra empresa o de las que nadie se hace responsable, y que solo confunden.

Curiosamente, además, la legislación electoral, al de origen conocido en la semana final de la campaña, agrava el problema. ¿Qué mejor remedio contra los trabajos estadísticos sesgados o pobremente ejecutados podría existir, efectivamente, que la posibilidad de asociar a sus responsables con un resultado electoral que a la larga pusiera en evidencia sus deficiencias? De hecho, esto ya sucede con las firmas que colocan este tipo de investigaciones en los distintos medios: algunas gozan de prestigio porque a través de sus sondeos demostradamente se han aproximado más de una vez a la fotografía final y otras, en cambio, son vistas con suspicacias porque las urnas han arrojado repetidamente un resultado muy lejano al que sus proyecciones anticipaban. Mientras más tiempo medie entre la última encuesta publicada y la jornada electoral misma, sin embargo, mayor capacidad tienen las firmas poco serias de argumentar que las cosas fueron cambiando en los momentos finales y salir bien libradas del trance.

En realidad, la prohibición a la que aludimos es doblemente absurda. Por un lado, si la razón para establecerla fue la pretendida capacidad de los sondeos de ocasionar alguna forma de distorsión en la voluntad de sufragio de las personas, no se entiende por qué ese inconveniente habría de presentarse solo en la última semana. Si las encuestas trastocasen la disposición del elector –tesis que claramente no suscribimos–, pues habría que asumir que lo hacen desde el principio…

Y por otra parte, ¿qué sentido tiene insistir con un veto que igual es sistemáticamente burlado en las redes? Como se sabe, cualquier persona que pueda entrar en los días previos a la fecha de los comicios a información de la prensa extranjera sobre lo que está ocurriendo en nuestro país consigue los datos “prohibidos” (esto es, las cifras de las encuestas reservadas que se trabajan en ese tramo final de la campaña) y los divulga de manera virtual y apenas solapada, otorgándoles a los candidatos sobrenombres que todo el mundo entiende.

Recordemos, además, que no habría mejor modo de conjurar cualquier intento de alteración de los resultados que contar con encuestas conocidas y realizadas en la semana final que permitiesen una comparación verificadora.

Lamentablemente, de manera obcecada y en contra de lo que dicta el buen juicio, las autoridades encargadas de la legislación electoral sostienen el veto que nos ocupa y, con la opacidad que ello ocasiona, permiten que las falsas alegaciones sobre complots y manipulaciones resuenen como gritos en la oscuridad que solo buscan producir zozobra.

Derogar esa prohibición es una necesidad que hace tiempo se cae de madura.