"El principal responsable de todo este desorden es uno solo: el presidente Pedro Castillo" (Foto: El Comercio).
"El principal responsable de todo este desorden es uno solo: el presidente Pedro Castillo" (Foto: El Comercio).
Editorial El Comercio

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Existen diversas figuras retóricas que suelen socorrer a los miembros de un grupo político cuando entre sus filas aparecen diferencias de opinión o discrepancias abiertas. “En toda familia existen tensiones”, mencionan algunos con vena hogareña. Otros apelan a los derechos básicos que asisten a cada individuo y remarcan ociosamente que “cada uno es libre de opinar”. Estas reflexiones son válidas. Si bien los gobiernos y partidos deben mantener la disciplina y trabajar sobre una sola visión política, no se debe esperar total homogeneidad de opiniones en ningún grupo de personas. Ello le quitaría precisamente la riqueza que le otorga la diversidad.

En el gobierno del presidente , sin embargo, las discrepancias abiertas han llegado a niveles insólitos que no se arreglan con un refrán. El titular de la Presidencia del Consejo de Ministros (PCM), , secundado por el ala dura de Perú Libre, liderada por Vladimir Cerrón, ha entrado en conflicto repetido con miembros de su propio Gabinete, y hasta con el propio jefe del Estado, sobre asuntos de suma importancia. En medio, el país no sabe hacia qué lado mirar.

La contradicción más reciente y preocupante la encajó ayer Bellido a través de sus redes sociales al indicar que convocará a la empresa que explota y comercia el gas de Camisea “para renegociar el reparto de utilidades a favor del Estado”. “En caso contrario”, señaló, “optaremos por la recuperación o nacionalización de nuestro yacimiento”, a pesar de que cualquier procedimiento de este tipo no dependería del Ejecutivo sino del Congreso, y que las garantías constitucionales protegen a los inversionistas de arbitrariedades de esta naturaleza.

Este mensaje soberbio y amenazante –celebrado por Cerrón y Perú Libre– borra cualquier avance que haya logrado el presidente Castillo en su reciente gira internacional para promover inversiones en el Perú con la promesa de un ambiente estable y respetuoso de los acuerdos de Estado.

De hecho anoche, en un intento por apagar el fuego, el presidente tuiteó que “cualquier renegociación se dará con respeto irrestricto al Estado de derecho”. Lo que correspondería, casi diría uno que hasta por sentido común, es que el mandatario prescinda entonces de Bellido, pues es en extremo problemático para el país que los dos funcionarios más altos del Ejecutivo realicen en un solo día anuncios que tiran para lados opuestos.

El mensaje de Bellido, además, deja muy mal parado al ministro de Economía y Finanzas, Pedro Francke, quien no solo ha repetido en innumerables ocasiones que no habría nacionalizaciones, sino que se ha referido específicamente al gas de Camisea en ese sentido.

La semana pasada, de hecho, Francke había recibido ya críticas de Cerrón por señalar que la convocatoria a una asamblea constituyente no forma parte del plan general del gobierno. La asamblea constituyente, por lo demás, ya había sido uno de los ejes de la confrontación entre el ministro de Justicia, Aníbal Torres, y Perú Libre, con pullazos que llevan semanas. A esto se suma la vergonzosa amonestación días atrás de Bellido al canciller, Óscar Maúrtua, y a su vicecanciller, Luis Enrique Chávez, respecto del reconocimiento de las autoridades venezolanas.

Esta lista no agota los desencuentros dentro del Gabinete en menos de dos meses desde la toma de mando. Los más suspicaces han querido leer en todo esto una obra de teatro cuidadosamente ensayada, con actores que simulan moderación, radicalismo o pasividad según dicte el guion común que delinea un plan cuidadosamente orquestado. Si bien esto es poco probable –los lamentables episodios recientes parecen responder más a la incapacidad del Gobierno que a una mente maestra de intriga política–, lo cierto es que el efecto final es el mismo: caos, incertidumbre y desgobierno.

El principal responsable de todo este desorden es uno solo: el presidente Pedro Castillo. Es incomprensible que, dadas las dimensiones de los desencuentros, la cabeza del Ejecutivo no haya tomado hace tiempo la decisión de cortar el problema de raíz. En materia laboral, energética, internacional, constitucional, económica, y un largo etcétera, todo se percibe contradictorio y a la deriva. Su enorme falta de liderazgo, junto con malas elecciones para los fajines, ha creado una situación insostenible en el seno de la máxima instancia de decisiones del Ejecutivo. El vacío de poder, se sabe, siempre genera tensiones entre quienes intentan llenarlo.