El presidente Pedro Castillo y el ministro Guido Bellido saludan a algunas personas el pasado 28 de agosto en Tacna. (Foto: Presidencia Perú).
El presidente Pedro Castillo y el ministro Guido Bellido saludan a algunas personas el pasado 28 de agosto en Tacna. (Foto: Presidencia Perú).
Editorial El Comercio

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Las señales de que estamos asistiendo a una irrupción del senderismo en diversas instancias oficiales son abrumadoras. Empezando por la presencia en el Gabinete de un primer ministro con una investigación abierta por y otra por y la de un titular de Trabajo que figura en como participante en atentados senderistas, y terminando con la visita que pudo hacer dos días atrás al local de la Presidencia del Consejo de Ministros (PCM) el dirigente del Movadef , es evidente que hay una sintonía de este gobierno con los seguidores de Abimael Guzmán, el peor asesino que haya conocido nuestra historia.

Pero la contaminación de la administración no se limita a la participación que tienen en ella los ministros e . Para mayor abundamiento en la descripción de este repudiable fenómeno, cabe poner de relieve también la concurrencia de un grupo de profesores del Comité Ejecutivo del Fenatep (organismo vinculado a la ya mencionada organización de fachada de ) a Palacio de Gobierno en los primeros días de agosto; y que sintomáticamente fueron registrados en el libro de visitas de la Casa de Gobierno como funcionarios del Ministerio de Energía y Minas. Algo parecido, además, ocurrió el 16 de agosto en el Ministerio de Trabajo, cuando el responsable de esa cartera recibió a 23 miembros del Funetcincences (otro gremio vinculado al Movadef). Y no conviene olvidar tampoco lo manifestado en su momento por el ahora excanciller Héctor Béjar acerca del y la supuesta responsabilidad de la Marina en ello.

Si a esto le agregamos el hecho de que en la bancada de Perú Libre hay más de un representante investigado por sus presuntas relaciones con la banda de los Quispe Palomino (Guillermo Bermejo y, nuevamente, Guido Bellido) y las necedades con las que otros de sus integrantes han tratado de pasar por agua tibia el problema que denunciamos (“Tiene que haber un punto de quiebre, olvidar el pasado para gobernar”, ha dicho recientemente, por ejemplo, el parlamentario José María Balcázar), el cuadro está completo: los apologetas y practicantes del “pensamiento Gonzalo” tienen un protagonismo muy marcado en este gobierno y el presidente Castillo es aquiescente frente a ello.

Tanto o más insólita que esa circunstancia, sin embargo, es la pasividad que parece haberse instalado en el Congreso de la República, en los partidos políticos, en varias instituciones y en una importante porción de la sociedad civil al respecto. A las marchas convocadas para expresar el repudio ciudadano a esa manera de vejar la memoria de tantos compatriotas asesinados por la gavilla abimaelita acuden por cierto los colectivos más comprometidos, pero poca gente más. Como si fuesen víctimas de una amnesia colectiva, los millones de peruanos que de seguro rechazan el terrorismo no están encarando esta grosera incursión de la barbarie en las más altas esferas del poder con la seriedad que merece. Muchos de ellos ejercen su legítimo derecho de oponerse a determinada opción política gritando “nunca más”, pero ¿y qué pasa con Sendero Luminoso?, ¿normal nomás?

Otro tanto sucede con las instituciones y organizaciones habitualmente vigilantes frente a los atropellos al Estado de derecho y los derechos humanos. Tan unánime es el silencio que guardan ante el gravísimo trance que vive hoy el Perú que parecería que solo quienes lucharon contra Sendero Luminoso y el MRTA portando un uniforme estuvieran indignados con el modo en que el oficialismo tolera –si es que no fomenta– la intromisión de esas ideologías y sus representantes en el Ejecutivo y el Legislativo.

La desfachatez con la que el Gobierno apaña esa intromisión no puede ser excusa para su normalización. Toca a ciudadanos e instituciones reaccionar ahora, de manera civilizada pero enérgica, contra el mancillamiento del que nuestra democracia está siendo objeto. Como en otros terrenos de la vida pública, la ‘tolerancia cero’ tiene que ser la máxima que guíe la conducta de los peruanos comprometidos con los valores que el bicentenario de nuestra existencia como República nos recuerda.