"Un sector del país le ha dicho al otro, por enésima vez, que quizás lo esté viendo, pero que no lo está mirando".
"Un sector del país le ha dicho al otro, por enésima vez, que quizás lo esté viendo, pero que no lo está mirando".
Editorial El Comercio

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Decir, como se dice estos días, que el resultado cosechado este domingo en las elecciones presidenciales por el candidato de Perú Libre, , no se vio venir es falsear la realidad. Los sondeos y simulacros de votación de las dos últimas semanas (incluyendo los que no podían divulgarse libremente, pero a los que cualquier persona interesada podía acceder) registraron el crecimiento de la intención de voto por él y permitían proyectar que seguiría creciendo hasta el momento del sufragio.

Pero ver venir no es lo mismo que entender. En lo rápido del incremento del respaldo a Castillo y en la ubicación de los lugares donde este se produjo de manera más señalada –la sierra sur y central del país– existe evidentemente un mensaje que requiere ser interpretado. Es, además, un mensaje repetido, pues de alguna forma reproduce lo que significó la votación por algunas listas parlamentarias de organizaciones marginales al ‘establishment’ político en las elecciones complementarias del año pasado, y se lo puede rastrear en realidad hasta la irrupción del en los comicios de 1990.

Conviene anotar de paso que, en comparación con aquel, este es un fenómeno modesto. De acuerdo con el conteo rápido de Ipsos, el postulante de Perú Libre habría conseguido apenas un 18,1% de los votos válidos: menos de lo que obtuvo, por ejemplo, en el 2016, que en esa ocasión llegó tercera y no pasó a la segunda vuelta.

De cualquier forma, por moderado que sea, el porcentaje conseguido por Castillo es mayor que el obtenido por cualquier otro candidato en la primera vuelta; y en algunas regiones, como Apurímac, sí ha sido impresionante (más del 50%, de acuerdo con las proyecciones). Sería necio, en consecuencia, seguir ignorando el mensaje al que aludimos. Y descifrarlo, a decir verdad, no es tan difícil.

Descartemos de antemano la lectura puramente ideologizada del apoyo a la candidatura que nos ocupa: si esa fuera la explicación, los votos habrían ido hacia otras postulaciones de izquierda que representaban esa opción de manera más orgánica y que, en buena cuenta, han estado esta vez entre las más castigadas en las ánforas. Nos parece obvio, sin embargo, que sí estamos ante un reclamo y una insatisfacción por el estado de cosas. Tanto en lo que concierne a la provisión de servicios de parte del Estado como en lo que se refiere a la representación política. La mayor virtud de Castillo, se diría, es no ser ninguno de los otros postulantes. Ninguno de aquellos que la población identifica con el sistema que ha fallado reiteradamente en su intento de representarla, por lo menos…

Un sector del país le ha dicho al otro, por enésima vez, que quizás lo esté viendo, pero que no lo está mirando. Porque, tras el sobresalto que producen votaciones como la del domingo en la población urbana y mejor colocada frente a los beneficios derivados del de las últimas décadas, la vida de alguna forma se normaliza y todo sigue más o menos igual por otros cinco años.

El resultado de esa indolencia, no obstante, es muy peligroso, porque, junto con aquellas cosas que hace falta cambiar, se pone en riesgo todo lo valioso que ya hemos conquistado: un manejo macroeconómico sensato, un mínimo grado de institucionalidad y un acuerdo mayoritario por respetar las formas de la democracia. Procesar ese mensaje de una vez por todas antes de la segunda vuelta deviene hoy, pues, indispensable.

No solo se trata de asegurar un futuro ejercicio de gobierno en el que la generación de riqueza se traduzca por fin en mejoras sustantivas en materias tan elementales como salud, educación y seguridad para toda esa enorme porción de la población que desde Lima y otros lugares de la costa no se está mirando, sino de ofrecer una representación política atenta, comprometida y cercana. Únicamente de esa forma se conseguirá que esos compatriotas miren y aprecien también los hitos del avance logrado hasta ahora, y que el progreso pacífico y sostenido del país esté asegurado.