Brasil exporta la corrupción, por Ian Vásquez
Brasil exporta la corrupción, por Ian Vásquez
Ian Vásquez

Instituto Cato

Parece mentira que tan solo hace unos años atrás, Brasil era considerado el modelo a seguir en América Latina. Evitó caer en el populismo carnívoro a lo venezolano, y supuestamente logró un nivel de intervencionismo iluminado en el mercado que permitió el crecimiento y bajó la pobreza. 

La ilusión con el modelo brasileño empezó a deshacerse tan pronto cayeron los precios de las materias primas. La realidad económica desenmascaró las políticas insostenibles del gigante tropical. Brasil sigue en una fuerte recesión, la inflación anual ha llegado a más de 10%, el déficit fiscal es casi 10% del PBI y la deuda pública se espera que llegue a más del 80% del PBI, nivel peligroso para cualquier país en desarrollo.  

A la misma vez, se han destapado casos de corrupción a gran escala. El escándalo de la empresa estatal Petrobras es el más ejemplar. A través de contratos con esa empresa, se han desviado unos US$8.000 millones en sobornos que beneficiaron a los partidos políticos y a grandes empresas constructoras como Odebrecht.

Dada la escala de la corrupción, no debe sorprender del todo que Odebrecht podría haber sobornado a Ollanta Humala para realizar un proyecto en el Perú, como alega la policía brasileña. Apenas estamos aprendiendo cómo los dineros ilícitos de Petrobras se han usado para exportar la corrupción a varios países de la región y las investigaciones sin duda revelarán más acerca de las decenas de tales proyectos. 

Justo esta semana arrestaron a Joao Santana –quien fue arquitecto de las campañas presidenciales de Lula da Silva y Dilma Rousseff– por haber recibido dinero del Caso Petrobras. Santana también ha sido asesor de los presidentes Hugo Chávez y Nicolás Maduro, un gobernador argentino y el presidente salvadoreño, Mauricio Funes, en cuya función es muy posible que haya usado fondos ilícitos. 

La corrupción brasileña es propia del capitalismo de Estado que alienta tales abusos al concentrar recursos astronómicos en manos del mismo Estado y un empresariado élite. El economista Luigi Zingales lo denomina capitalismo de compadrazgo y describe cómo, al no separar al Estado de la economía privada, se crea una relación entre las élites políticas y empresariales en las que ambas se benefician a expensas de los demás. Entre el 2009 y el 2014, por ejemplo, el gobierno otorgó mas de US$100.000 millones al Banco Nacional de Desarrollo, que lo prestó a las empresas privadas a un tipo de interés bajo, cosa que contribuyó al déficit y a la deuda pública. En otras palabras, redistribución de riqueza desde abajo para arriba, ya que quien pagará será el pueblo brasileño. 

Es el sistema de capitalismo de compadrazgo que por su naturaleza corrompe y está corrompido. Ya que se basa en la redistribución y no la creación de la riqueza, crea resentimientos y eventualmente una caída del crecimiento. Zingales observa que varios países europeos, como Italia y Grecia, ya se encuentran en esa situación y, con el auge del capitalismo de compadrazgo, la mayoría de las democracias de Occidente van en esa dirección, Según el economista, esto explica también el auge de políticos populistas como Donald Trump en los países ricos. Para  Zingales, la solución es aumentar la competencia económica. Eso significa poner fin al favoritismo y erigir un muro que separa al sector privado del Estado. En la práctica, implica también reducir el tamaño del Estado, que cuando es grande, como en Brasil y Europa, induce a que el sector privado busque rentas en vez de buscar ser productivo.