Un cuento africano, por Iván Alonso
Un cuento africano, por Iván Alonso
Iván Alonso

Economista

Bill Easterly, un profesor de la Universidad de Nueva York que fue anteriormente economista del Banco Mundial, cuenta en su libro “The Elusive Quest for Growth” la increíble y triste historia de la represa de Akosombo en Ghana. La nueva república se había independizado de Gran Bretaña en 1957. El primer ministro (y luego presidente) Kwame Nkrumah tenía grandes ideas para su país. Era la época en la que se pensaba que la planificación centralizada de la inversión era la clave para el desarrollo económico. “Big push” lo llamaban.

Akosombo era lo que se dice un megaproyecto. Consistía en embalsar el río Volta para hacer una enorme central hidroeléctrica, que generaría suficiente electricidad para una fundición de aluminio. Esta planta se integraría hacia atrás, procesando la alúmina producida por una nueva refinería, a ser construida posteriormente, para procesar, a su vez, el mineral de los hasta entonces inexplotados depósitos de bauxita de la provincia de Ashanti. El embalse del río habría de formar un gran lago, el Volta, el tercer lago artificial más grande del mundo, con una superficie de 8.500 kilómetros cuadrados. El nuevo lago crearía una vía de comunicación entre el norte y el sur del país. Sus aguas servirían para irrigar una extensión mucho mayor.

La represa se comenzó a construir en 1961 y se terminó en 1965. El lago estuvo listo al año siguiente. La fundición empezó a producir aluminio en 1969. Y eso fue todo. Nunca se construyó la refinería de alúmina; las minas de bauxita tampoco. Las obras de irrigación a gran escala no prosperaron. El transporte lacustre fue un fracaso. Treinta años después, Ghana seguía siendo tan pobre como lo era al principio de su vida republicana.

¿Qué pasó? Pues nada extraordinario. Pasó simplemente lo que era previsible que pasara.

El embalse del río Volta era un proyecto concebido a principios del siglo pasado por un ingeniero alemán. Tenía capacidad para generar más electricidad que la que todo el país podía consumir. Una buena razón, quizá, para no haberlo hecho antes. El nuevo gobierno encontró un comprador ideal: la compañía norteamericana Kaiser Aluminum, por entonces uno de los principales productores de aluminio del mundo. Las fundiciones de aluminio son grandes consumidoras de electricidad. Pero Kaiser demandó un precio especial –entre 50% y 90% menor que el precio para el resto del público–, lo que demuestra que el valor del aluminio en el mercado internacional no justificaba el costo de producir la electricidad. El Banco Mundial concluyó que la hidroeléctrica del Volta era un proyecto antieconómico, aun suponiendo que el consumo local de electricidad creciera 10% anualmente durante veinticinco años seguidos.

Pero los argumentos políticos y geopolíticos prevalecieron sobre los económicos. Los rusos ya habían financiado la represa de Asuán en Egipto. Para no perder influencia en el África, el presidente Eisenhower presionó a Henry Kaiser para que la compañía que llevaba su nombre se involucrara, y le ordenó a su vicepresidente Nixon que la ayudara a conseguir el financiamiento. No se puede negar que gracias a la represa Ghana tuvo electricidad, pero si esos miles de millones de dólares se hubieran invertido en proyectos económicamente rentables, las condiciones de vida del ghanés común y corriente habrían terminado siendo mucho mejores.