(Ilustración: Giovanni Tazza).
(Ilustración: Giovanni Tazza).
Enzo Defilippi

Profesor de la Universidad del Pacífico

Entre todas las frasecitas hechas y lugares comunes que abundan en los reportes económicos (y que hacen que sea un suplicio leerlos) hay una que se me viene a la mente en esta época en la que la salud de la economía mundial se está deteriorando: que nuestra economía va a enfrentar “condiciones retadoras” en el futuro. Eso, en buen cristiano, quiere decir que las cosas se han puesto color de hormiga. Que ya van 15 minutos del segundo tiempo y vamos perdiendo dos a cero. Que si bien nada está perdido (ya sabemos, “el partido dura 90 minutos”, “son once contra once”, etc.), cada segundo que pasa es más difícil salir airosos de esta.

Los síntomas que anuncian los tiempos difíciles se han ido asomando, uno a uno, por el horizonte: el oro ha subido, las cotizaciones del cobre y el petróleo han caído, el rendimiento de los principales bonos soberanos se ha vuelto negativo, la curva de rendimientos en Estados Unidos se ha invertido y el Bundesbank ha advertido que la economía alemana probablemente entrará pronto en recesión. Por separado, cada uno de estos eventos puede tener un significado particular. Pero juntos implican que estamos más cerca de sufrir un tercer gol que de empatar el partido.

Es normal que las economías pasen por ciclos consecutivos de crecimiento y recesión. De hecho, existe una extensa literatura académica sobre las causas y funcionamiento de los ciclos económicos. Pero lo que hace que la recesión global que podría ocurrir en los siguientes meses sea particularmente preocupante es que, de suceder (recémosle a la Sarita que no), no se habría producido por causas, digamos, “naturales”, sino que habría sido inducida (al menos en un porcentaje sustancial) por malas decisiones de política económica; sobre todo, de Estados Unidos. Sabemos cómo atacar aquellas que ocurren como parte del ciclo económico (una combinación de política fiscal expansiva y estímulos monetarios). Pero la que probablemente se viene, nadie está seguro. Menos aún en un contexto como el actual en el que no se sabe con certeza cuántos esqueletos tiene la economía china escondidos en el clóset (los que no podría esconder más si ralentiza su crecimiento), el crecimiento en Europa ha sido tan magro que el Banco Central Europeo aún no empieza a retirar el estímulo monetario que dio hace 10 años, y las tasas de interés están por debajo de lo que deberían estar para que el efecto de reducirlas sea potente.

En el Perú, el Banco Central viene reduciendo la tasa de interés de referencia. Aunque eso es lo que toca hacer, esa es la parte fácil. Lo difícil va a ser tener que implementar una política fiscal expansiva (es decir, que el Estado impulse la actividad económica adquiriendo bienes y servicios) cuando la capacidad de ejecución de la inversión pública se ha venido deteriorando desde el 2016. Si nuestros funcionarios vienen mostrando problemas para ejecutar el presupuesto ya asignado, ¿cuán realista es esperar que ejecuten, a tiempo, uno mayor?

Nuestro país cuenta con las fortalezas macroeconómicas (otra frase cliché) para enfrentar una recesión global. Pero de producirse una, sí o sí nos va a pegar. Le toca al Gobierno decirnos cómo va a hacer para que sus efectos duren lo menos posible.