Buena parte de la discusión sobre el –una crisis que nos concierne a todos– está monopolizada (y politizada) por la izquierda. Desde Greta Thunberg hasta el papa Francisco, el discurso apunta en un solo sentido: el es la causa del cambio climático y el enemigo al que hay que derrotar si queremos dar vuelta al problema.

Pero esa es una perspectiva mezquina y mentirosa, porque lo más probable es que las medidas más efectivas para lidiar con la emergencia climática estén emanando y vayan a emanar del capitalismo.

Uno de los principales villanos, aseguran, es el crecimiento económico. La idea es que hemos crecido de forma desenfrenada en desmedro de la Tierra y dominados por el egoísmo corporativo. Pero quienes sostienen esto pasan por alto lo más importante. El crecimiento impulsado por el capitalismo desde sus albores ha reducido dramáticamente los índices de pobreza en el mundo desde el siglo XIX. Si en 1820 el 94% de la población mundial vivía en extrema pobreza, para 1981 la cifra cayó al 44,3% y para el 2015 alcanzó el 9,6% (cifras de Johan Norberg en su libro “Progreso”). El capitalismo no solo ha respondido al aumento de la población, sino que, a pesar de este, ha logrado llenar estómagos como nada en la historia.

El crecimiento, en fin, no es un capricho.

Con esto en mente y volviendo al medioambiente, un vistazo al Índice del Desempeño Ambiental de la Universidad de Yale dibuja una imagen interesante sobre dónde se libran las mejores luchas a favor de la ecología. Cuatro de los países que ocupan los diez primeros puestos del reporte (Dinamarca, Finlandia, Luxemburgo y Suiza) están, también, entre los diez más económicamente libres, según la Heritage Foundation. Y, en general, son los países ricos a los que mejor les va en esta medición.

Es innegable, pues, que el capitalismo trae los recursos necesarios para profundizar nuestros conocimientos sobre la crisis climática a través de la ciencia. Y también establece las condiciones para motivar la innovación necesaria para reemplazar las tecnologías contaminantes con otras más sostenibles y eficientes. De hecho, hoy es rentable ser amigable con el ambiente.

El EY Mobility Consumer Index del 2022 (estudio que consiste en 13 mil encuestas en 18 países), por ejemplo, muestra que un 52% de los consumidores piensa en comprar un auto eléctrico o híbrido (en el 2020 la cifra era de 30%). Asimismo, según Bloomberg NEF, las ventas de estos productos pasarán de 6,6 millones en el 2021 a 20,6 millones en el 2025. Y las empresas están empeñadas en estar a la altura de la demanda. Ford, por ejemplo, ha anunciado una inversión de US$30 mil millones hasta el 2025 en la manufactura de vehículos eléctricos. Volkswagen, por su parte, ha anunciado una inversión de US$20,3 mil millones en baterías para estos productos y la consecuente creación de más de 20 mil puestos de trabajo.

En esa misma línea, según un informe del Foro Económico Mundial, el número de compañías afiliadas a la iniciativa Objetivos Basados en la Ciencia (que guía a sus miembros para reducir sus emisiones de carbono en línea con el Acuerdo de París del 2016) se ha duplicado en apenas siete años.

Otras iniciativas, como la creación de reemplazos vegetales a la carne (el ganado produce mucho gas metano), también son una hazaña del capitalismo y estos productos ya son parte de la oferta de las más grandes cadenas de comida rápida.

Hay mucho más que decir sobre la materia que no cabe en este espacio. Pero no se deje engañar, el capitalismo no es el villano en esta historia, es una de nuestras armas más poderosas.

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