"La rapidez con la que se han desarrollado estos tratamientos es asombrosa. Se han logrado en tiempo récord y las vacunas representan una revolución tecnológica".
"La rapidez con la que se han desarrollado estos tratamientos es asombrosa. Se han logrado en tiempo récord y las vacunas representan una revolución tecnológica".
Ian Vásquez

Instituto Cato

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Ayer, en plena segunda oleada de coronavirus en Estados Unidos, la empresa de biotecnología Moderna pidió al gobierno federal aprobar una vacuna contra la enfermedad. Sigue los pasos de la farmacéutica Pfizer que desarrolló su propia vacuna e hizo lo mismo diez días antes.

Si todo sale como se espera, este mes las dos empresas producirán entre ellas 70 millones de dosis de la vacuna. Producirán miles de millones de dosis a escala global en el 2021. Docenas de otras empresas también están desarrollando sus propias vacunas. Astra-Zeneca Oxford es una de ellas, su vacuna también tiene una efectividad de por lo menos 90% y estará lista pronto.

La rapidez con la que se han desarrollado estos tratamientos es asombrosa. Se han logrado en tiempo récord y las vacunas representan una revolución tecnológica.

Se está achicando el tiempo entre que se detecta una enfermedad infecciosa y se desarrolla un tratamiento. La erradicación de la viruela en 1980 se dio tres milenios luego de que la humanidad había detectado esa peste. Las vacunas para la difteria y rubéola demoraron varios siglos desde que irrumpieron esos males, mientras que los tratamientos para el ébola y el sida tomaron 43 y 15 años respectivamente en desarrollarse.

El tiempo en que se empieza a desarrollar una vacuna hasta finalizarla también ha disminuido. Demora en promedio 10 años, pero las del coronavirus se hicieron en menos de uno. En enero, Moderna diseñó su vacuna en dos días y se empezaron pruebas clínicas en febrero.

Esto solo fue posible gracias a una nueva tecnología basada en moléculas de ARN que nunca antes había sido usada para vacunas de consumo público. Ronald Bailey observa que hace diez años no se hubiera podido tratar esta pandemia de esta manera porque la tecnología no existía. Dado que se puede trabajar con el ARN en formas mucho más aceleradas que los métodos tradicionales para elaborar vacunas, esta tecnología promete acortar notablemente el tiempo en el descubrimiento y desarrollo de futuras vacunas.

Eso puede revolucionar hasta el uso de las inoculaciones que ya tenemos. El prestigioso “Journal of the American Medical Association” afirma que debido a las vacunas ARN “un día podría ser que con tan solo dos inyecciones los niños puedan tener cubiertas sus más de 50 vacunas”.

La batalla contra el coronavirus también ha sido ideológica, pues la China autoritaria pretende haber aplastado la pandemia mientras que muchas democracias de mercado han tenido un desempeño lamentable. Ese relato es simplista y engañoso, pero en todo caso el mundo está presenciando que son los países libres y democráticos de donde están saliendo las soluciones a esta crisis sanitaria para beneficio de toda la humanidad.

De hecho, la globalización y la apertura han sido claves para que se pueda avanzar de manera inédita. Johan Norberg observa que, si bien la globalización puede acelerar pandemias, también ofrece la mejor posibilidad de luchar contra ellas. Después de todo, la lucha depende del libre intercambio internacional de información respecto a la extensión de la enfermedad tanto como el libre intercambio científico. La solución también depende de la riqueza y la tecnología de comunicación que la globalización facilita.

En este cuento, la inmigración ha jugado un papel clave. El socio de Pfizer es una empresa alemana, BioNTech, donde dos turcos-alemanes han sido los pioneros en el desarrollo de las vacunas ARN. De la misma manera, las empresas estadounidenses más importantes que han estado desarrollando tratamientos para el coronavirus han empleado a más de 11.000 extranjeros calificados en la última década.

Una vez más, debemos estar alucinados por lo que las sociedades libres son capaces de hacer.

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