Omar Awapara

El domingo, la fiscal de la Nación, Patricia Benavides, tuvo una ronda mediática y se dirigió a la opinión pública a través de entrevistas con el diario “Trome” y el programa “Panorama”, en las que buscó colocar las investigaciones abiertas contra el presidente y su entorno como parte de un esfuerzo estrictamente judicial y no llevado por un objetivo político, como esgrimen los defensores del mandatario. Hay mucho en riesgo en este proceso que, por los indicios y evidencias acumulados hasta ahora, está muy lejos de ser una persecución política, a pesar de lo que diga Aníbal Torres, pero donde un mal manejo puede ser utilizado por el Gobierno para relegitimarse y desacreditar instituciones que sirven como contrapeso a sus ambiciones.

Como destacaba Jonathan Castro en entrevista a la periodista Fabiola Galindo en “Pequeñas islas”, hay algunos paralelos entre las investigaciones y allanamientos locales con la situación que vive el expresidente estadounidense, y carta republicana para las próximas elecciones, Donald Trump, luego de que el FBI allanara Mar-a-Lago, su residencia en Florida. Y ambas situaciones se pueden prestar a la manipulación y la victimización como estrategia política.

En esa línea, en una reciente columna en “The New York Times”, Ross Douthat recordaba que esta no era la primera investigación relacionada a Trump: ya el Departamento de Justicia había encargado hace unos años a Robert Mueller que indague sobre el rol que Rusia pudo haber jugado interfiriendo en las elecciones presidenciales del 2016. Mueller produjo un reporte que encontró numerosas irregularidades y obstrucciones, pero no del nivel de complicidad (o delitos) de Trump que muchos demócratas anticipaban, lo que le permitió al expresidente y sus seguidores validar su reclamo de que las investigaciones (y la cobertura de la prensa) eran una “cacería de brujas”. Y ahí sigue, firme candidato a liderar al Partido Republicano, incluso luego de la insurrección fallida del 6 de enero.

Está también el precedente venezolano, con importantes diferencias, claro. Pero cuando la oposición fue de forma precipitada por la cabeza de Chávez en el 2002 y en un golpe de estado lo sacó del poder –pero solo por 48 horas– lo que hizo fue legitimarlo y darle la excusa perfecta para tratar a todos sus rivales políticos como golpistas.

Castillo no tiene la popularidad, los recursos, ni el músculo para hacer lo que dictadores como Hugo Chávez (o aspirantes a dictador como Trump) lograron en sus países, pero puede usar los errores de sus rivales en beneficio propio. Ya lo ha hecho con relativo éxito con el Congreso, cada día más impopular que el propio presidente, y puede hacer lo propio con la fiscalía si es que esta no logra armar un caso sólido y libre de cuestionamientos.

Desde que se inició el contraataque del Ejecutivo como respuesta al cerco judicial, ha habido un uso frecuente de la victimización, y eso puede pivotear hacia un ataque a instituciones formales, como bien destacaba Carlos Meléndez en su columna el domingo. Ya hemos visto algo de eso, ciertamente en contubernio con el Congreso, como en el caso de la Sunedu o de la ATU, pero también por cuenta propia, como cuando sacaron de manera irregular al procurador.

Quedan como advertencia las palabras pronunciadas por Omar Little en un capítulo de la ya legendaria serie de televisión “The Wire”, donde el personaje interpretado por Michael K. Williams, tras sobrevivir a un ataque de sus rivales, reaparece para saldar cuentas, pronunciando una frase que se ha vuelto célebre: “You come at the King, you best not miss” (“Si vas por el Rey, es mejor que no falles”).

Omar Awapara es director de la carrera de Ciencias Políticas de la UPC

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