Política de cuartel, por Fernando Rospigliosi
Política de cuartel, por Fernando Rospigliosi
Fernando Rospigliosi

Analista político

Sorpresivamente a Ana Jara, la mejor operadora política del gobierno según muchos congresistas y analistas, le fue pésimo, mucho peor que a su antecesor René Cornejo, un “técnico” sin mucha experiencia en ese campo.

Jara hizo todos los esfuerzos posibles para lograr la aprobación del Congreso, incluyendo reuniones con todas las bancadas parlamentarias y varios líderes políticos, y consiguió un inusual pronunciamiento de respaldo de cuatro respetados ex presidentes del Consejo de Ministros.

De nada le sirvió, por la sencilla razón  que el problema no es ella. O, para decirlo de otra manera, el asunto es que todos saben que Jara no tiene ningún poder de decisión, que todo está en manos de la pareja presidencial, y que ella y la presidenta del Congreso, Ana María Solórzano, están en esos cargos por clara designación de Nadine Heredia.

El hecho de que la primera ministra no haya efectuado ni un solo cambio en el Gabinete que supuestamente preside es una evidencia más de que ella no ejerce las atribuciones que teóricamente le asignan la Constitución y las leyes.

Así, esta vez se han conjugado dos factores: primero, la irritación con la desmedida injerencia de la primera dama en las decisiones del gobierno. Y segundo, el cambio en la relación de fuerzas del Congreso, con la sangría de parlamentarios de la bancada oficialista y aliados, y el endurecimiento de algunos opositores tibios que, conforme se acercan las elecciones del 2016 y ante un gobierno crecientemente impopular, optan por asumir una postura más firme.

La situación precaria del gobierno al comenzar su cuarto año requería un comportamiento más flexible y conciliador. Como ocurre en cualquier democracia, era indispensable que negociara, que cediera en algunas cosas.

Pero la pareja presidencial no ha entendido nunca la democracia y sigue creyendo que el país y la política se manejan como un cuartel. Ellos suponen que el hecho de haber ganado las elecciones les da derecho a hacer lo que les da la gana, sin restricciones, que el comandante y su esposa dan las órdenes y el batallón obedece.

Por eso, a pesar de las evidencias de que su poder se había debilitado, siguieron en lo mismo como si nada pasara. Continuaron la persecución a Alan García, insistiendo en inhabilitarlo. Persistieron en los ataques al fujimorismo y ni siquiera consideraron la posibilidad de hacer algunos cambios ministeriales para formar un Gabinete algo más plural, acorde con las circunstancias.

Hay que recordar que no hace mucho, el cuarto primer ministro de este gobierno César Villanueva, dándose cuenta de la situación, conversó en serio con la oposición y trató de hacer algunos cambios. La pareja presidencial lo despidió de mala manera y lo maltrató innecesariamente, por haber osado intentar hacer lo que ahora la oposición le reclama con mucha más presión.

Ha habido varias señales manifiestas en los últimos meses. René Cornejo no obtuvo el voto aprobatorio en la primera votación. Solórzano perdió en la primera votación. El Gabinete de Ana Jara no ha alcanzado los votos indispensables en dos votaciones.
Tal como están ahora las cosas, si el gobierno no cede en algunos temas, podría ocurrir que el Gabinete no sea aprobado y ahí sí estaríamos ante una crisis política, porque, además, el próximo Gabinete tendría el mismo problema que el actual.

La Constitución prevé la posibilidad, solo la posibilidad, de que el presidente de la República disuelva el Congreso y convoque elecciones parlamentarias si censuran a dos gabinetes consecutivos en los primeros cuatro años de gobierno. Esa posibilidad es inexistente en la práctica porque, como es obvio, al gobierno no le convendría. Con la baja aprobación que tiene obtendría menos curules de las actuales.

Salvo que, “arrinconado, encuentre alguna manera de patear el tablero”, como ha anotado Augusto Álvarez. Lo que sería no solo negativo para el país sino desastroso para la pareja presidencial. Sin embargo, no hay que descartar totalmente esa posibilidad: son audaces, no muy inteligentes, se sienten omnipotentes y no tienen ningún apego por la democracia, a la que solo han utilizado para llegar al poder.
No obstante, la mejor posibilidad es que empujados por las circunstancias cedan en algo y Jara obtenga el voto de investidura. Sin embargo, las cosas ya no serán como antes.