Repensando la informalidad, por Iván Alonso
Repensando la informalidad, por Iván Alonso
Iván Alonso

Economista

Siete de cada diez peruanos se calcula que tienen un empleo informal. A pesar de un crecimiento que ha duplicado el tamaño de nuestra economía en los últimos 12 años, el peso relativo de informalidad sigue siendo el mismo. Una candidata presidencial ha llegado a decir que “el modelo” condena a los peruanos a la informalidad. Otra manera de verlo es que el sector informal crece tan rápido como el formal. ¿Es eso bueno o malo? ¿Qué lecciones podemos sacar a partir de la persistencia del fenómeno?

Primero lo obvio. Si el crecimiento hubiera estado confinado al sector formal, no se habría reducido el índice de pobreza en treinta o cuarenta puntos porcentuales, como en efecto ha sucedido. Las estadísticas muestran un aumento generalizado en los ingresos familiares y específicamente en las rentas del trabajo, en todo tipo de actividad, en todo ámbito geográfico y, debemos suponer, en toda modalidad laboral.

Entonces, o los empresarios informales se han vuelto más generosos o el trabajo informal se ha hecho más productivo con el tiempo. Un economista tiene que optar por lo segundo. El mercado laboral es competitivo. Las empresas informales se han visto en la necesidad de pagar mejores sueldos a sus trabajadores para que no se vayan. Pero si les pagan más es porque son más productivos. Y es un hecho que les pagan más y los retienen; de lo contrario, el empleo informal no seguiría siendo el 70% del total.

Resumiendo hasta aquí: la productividad del trabajo no solamente ha aumentado en el sector formal, sino en el informal también.

Ahora otra pregunta: si la causa de la informalidad fuera, como sostienen algunos economistas, la baja productividad de una mayoría de las empresas, sobre todo pequeñas y medianas, que no les permitiría (supuestamente) pagar los costos de la formalidad, ¿por qué ese aumento de la productividad, que sin duda ha ocurrido, no ha llevado a más empresas a formalizarse? La respuesta es que el margen de ganancias que viene con el aumento de la productividad se va en pagar mejores sueldos.

Evidentemente, no todo el margen se va en sueldos; el empresario también quiere ganar más. Lo importante es que, en la medida en que cree necesario hacer mejoras a su personal con el afán de retenerlo, prefiere subir sueldos antes que pagar los costos de la formalidad. Pero al empresario, en realidad, le da lo mismo: un sol más de sueldo cuesta igual que un sol de beneficios laborales. Son los trabajadores los que prefieren que el aumento de la productividad vaya directamente a sus bolsillos. No hay mejor “protección social” que esa.

La verdadera causa de la informalidad está en que los trabajadores no valoran los beneficios laborales tanto como se imaginan los legisladores. Quizás no están dispuestos a sacrificar el 9% de lo que producen para tener un seguro médico con una cobertura mayor de la que voluntariamente comprarían. Quizás se contentarían con menos de 30 días de vacaciones para producir más y ganar también un poco más. En el sector formal no se puede; en el sector informal sí.

Todos los diagnósticos de la informalidad asumen que los trabajadores la aceptan porque no les queda más remedio. La magnitud y la persistencia del fenómeno nos deberían hacer cuestionar ese supuesto. La informalidad es una manera de pactar contra la ley. Alguna ventaja debe de tener para ambas partes.