Serpost
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Iván Alonso

Economista

Desde hace cuatro o cinco años, las revistas de la American Economic Association las hemos recibido intermitentemente; varios pedidos de Amazon se han perdido; y la edición impresa de “The Economist”, incomparablemente mejor que la digital, nos ha llegado la semana antepasada por primera vez desde el 14 de julio del año pasado y después ha vuelto a desaparecer. La clave de este misterio apareció en una anotación escrita en la envoltura de una de aquellas revistas: “No se encontró en L-27. Buscar en L-18”. Una clara referencia a los antiguos de San Isidro y Miraflores, códigos que, se supone, ya no se usan. Hay calles con el mismo nombre en uno y otro distrito. Alguien ha estado recibiendo libros y revistas que no le interesan.

Un día le preguntamos a nuestro cartero:

–¿Por qué han mandado este sobre para allá, si aquí en la etiqueta impresa está el código de cinco dígitos?

–¡Ah! –nos dijo con una sonrisa didáctica–. ¡Esos son los clasificadores! Ellos siguen usando el código antiguo.

¿Cómo que siguen usando el código antiguo? ¿Para quién cree usted que se crearon los nuevos códigos de cinco dígitos? ¿No sería acaso para los propios clasificadores? Una demarcación más precisa debería ayudarlos a clasificar mejor la correspondencia por lugar de destino y optimizar las rutas de los carteros para que llegue más rápido a sus destinatarios. Pero eso a los clasificadores no parece preocuparlos. A sus supervisores tampoco.

Hay, en cambio, un servicio postal internacional, cuyo nombre no vamos a decir, pero que todos conocemos, que le avisa a uno con anticipación que le va a llegar un paquete, y le da inclusive la opción de escoger el día y la hora para la entrega o, si usted prefiere, a cuál de sus oficinas quisiera que se lo envíen para ir a recogerlo personalmente.

¿No es hora ya de privatizar ? Claro que sí. Hace tiempo que es hora.

No es que Serpost esté abrumado por el crecimiento de la correspondencia. Todo lo contrario. Entre el 2000 y el 2013 el número de envíos nacionales e internacionales prácticamente disminuyó a la mitad, de 32 millones a 19 millones. No tenemos a la mano cifras posteriores al 2013, pero con el uso cada vez más extendido del correo electrónico y el WhatsApp, difícilmente esa tendencia se haya revertido.

Se preguntará usted, entonces, a quién le interesaría comprar una compañía cuyo negocio parece estar en vías de extinción. Habría que hacer la prueba. Algunos servicios postales se han reinventado. El comercio electrónico les ha abierto oportunidades para crecer. El correo tradicional aún puede recuperarse. Puede competir, por ejemplo, con los servicios de mensajería privada. Seguramente a un empresario con otra motivación se le ocurrirá cómo hacerlo rentable.

El problema de la empresa pública no es un problema de la calidad de su gente, sino de una organización que no está orientada hacia el lucro. El afán de lucro no se opone al espíritu de servicio; al contrario, le da vida. Inspira a la empresa a aumentar sus ventas; a reducir costos y bajar precios; a invertir en mantenimiento; a mejorar la calidad de sus servicios. Por donde uno mire, encuentra que las empresas privatizadas han multiplicado el bienestar del consumidor: las telecomunicaciones, la electricidad, los trenes de pasajeros. No puede decirse lo mismo del agua ni del .