"El terror a la libertad", por Carlos Adrianzén
"El terror a la libertad", por Carlos Adrianzén
Carlos Adrianzén

CARLOS ADRIANZÉN

Decano de la Facultad de Economía de la UPC

La libertad tiene muchas manifestaciones. Algunos quiebres de esta pueden tener matices tan escandalosos como los que hoy viven nuestros hermanos venezolanos con el dictador Maduro. Sin embargo, existen otros que son más sutiles y son presentados como manejos supuestamente técnicos. En esta línea nos referiremos al afiebrado terror local de un tipo de libertad: la libertad .

Todo país tiene un mercado de divisas. En este se realizan transacciones entre compradores y vendedores de distintas monedas. Uno de los detalles más sugestivos de enfocar el mercado local de divisas pasa por reconocer que en este el precio tiene un nombre diferente: tipo o tasa de cambio. Reparar en esto resulta de lo más sugestivo porque el hecho de que no se use el nombre “precio” nos ayuda a olvidarnos de lo más elemental: que el dólar tiene un precio de mercado. Llamarlo por su nombre nos permite darnos cuenta de que, como en todo mercado, controlar el precio implica engañarnos.

Por ello, cuando hablamos de política cambiaria solo estamos hablando de si dejamos funcionar al mercado libremente –así el dólar flota alrededor de su precio– o si preferimos que algún iluminado burócrata nos proteja tratando de influir en el valor de la moneda a través de la compra de dólares (emitiendo nuevos soles) o de la venta de reservas internacionales (retirando nuevos soles). 

Así, cuando discutimos si preferimos tipos de cambio fijos o flotantes solo estamos discutiendo si queremos imponer o no mecanismos de control de precios en el mercado de divisas. ¡Y los peruanos sí que sabemos qué tan corruptos e ineptos son nuestros burócratas controlando precios! 

La teoría económica nos dice que no existe régimen cambiario ideal. Que en teoría un tipo de cambio fijo o uno flotante puede ser bien manejado. 

Pero es muy torpe pretender, por ejemplo, controlar el dólar en una plaza con alta rigidez no transable y en la cual el gobierno no para de inflar el gasto y/o de inyectar liquidez para contentar al gobernante de turno. 

También es cierto que la flotación no es una maravilla curativa, si al mismo tiempo que dejamos flotar el dólar el se pone a emitir irresponsablemente nuevos soles. 

El BCR el año pasado –involuntariamente, de seguro– le aplicó un sonoro cocacho a quienes creen que la devaluación siempre genera inflación. La fue tres veces menor a la devaluación nominal. La explicación: el manejo de la liquidez no permitió que las presiones del mercado cambiario se materializasen inflacionariamente. Es decir, el dólar saltó pero no hubo soles para que todos los precios se elevasen sostenidamente. 

Hoy, en una economía en la cual la gente no olvida los errores monetarios, un volumen importante de los créditos bancarios está denominado en dólares. Frente a ello, los temerosos defensores del actual régimen de tipo de cambio fijo vociferan que sería irresponsable dejar flotar el tipo de cambio, pues si el dólar flotase, el fin del mundo llegaría de inmediato. Sostener esto no solo es manipulador, sino muy torpe.

Si dejasen funcionar al mercado y administrasen conservadoramente la oferta monetaria, el dólar no podría saltar (no habría soles). Solo saltaría si el BCR hubiese incumplido su responsabilidad única, otra vez.